La Presentación de la Virgen María en el Templo de Jerusalén

Las Sagradas Escrituras nada dicen sobre la Presentación de la Santísima Virgen María en el templo de Jerusalén. Sin embargo, ese ocurrido es atestado por la Sagrada Tradición y reconocido por la Iglesia Católica, que el celebra con una fiesta mariana singular. Al celebrar esa memoria, reflexionamos sobre la piadosísima actitud de esta celeste Menina, que se consagro totalmente a Dios, desde su más tierna edad.

En su Inmaculada Concepción, nacida isenta de cualquier sombra de pecado, Nuestra Señora esta plenamente disponible a la voluntad de Dios, libre para entregarse a Él con el impulso de un amor que conoce demoras, obstáculos ni vicisitud de la naturaleza herida por el pecado. En su pureza inmaculada, resplandece de gracia, la Virgen María es capaz de adherir a todo el bien que Dios le propone y a todo que es de Su agrado. Siendo así, la Santisima Chica se dona completamente, de forma insuperable, aún que sea por el Hijo de Dios hecho hombre, que ella engendro en su vientre inmaculado.

Foto Ilustrativa: sedmak by GettyImages

San Joaquín y Santa Ana engendraron milagrosamente la pequeña María, ya que eran de edad avanzada. Por eso, prometieron a Dios que consagrarían la celeste Chica al servicio del Templo. Con solo tres años de edad, la Virgen suplico a sus santos padres que, de acuerdo con su promesa, consagrasen en el Templo. Al llegar al templo de Jerusalén, la santa chicha se volvio para sus santos padres y, de rodillas, beso las manos de ellos, pidio la bendición y, después, sin mirar para tras, sube las escaleras, despidiéndose del mundo y renunciando a todos los bienes que este podía darle, ofrecerse y consagrarse enteramente al Señor y Creador de todas las cosas.

La consagración de la Virgen María en el templo de Jerusalén

La vida de María Santísima en el Templo no fue otra cosa sino un acto de amor y consagración de sí misma al Señor. Consecuentemente, ella crecía de hora en hora, o antes, de instante en instante, en las santas virtudes, con ayuda por la gracia divina, pero también dedicandose con todas las fuerzas para cooperar con la gracia. de esta forma, la vida de la Virgen María en el Templo fue una contínua oración. “Viendo genero humano perdido y en enemistad con Dios, rezaba principalmente por la venida del Mesías, con el deseo de ser sierva feliz que vendrá a ser Madre de Dios”.

El ejemplo de María y nuestra consagración a Dios

Por la gracia del bautismo, que nos ampara en la lucha contra el pecado, somos llamados a lograr la pureza y la libertad a la semejanza de la Virgen Santísima, para poder dar, en unión con ella y con su ayuda, una respuesta generosa al don de Dios.

La fiesta de la Presentación de María nos lleva a reflexionar sobre nuestra consagración a Dios, consecuencia del sacramento del bautismo que recibimos. Amar y servir a Dios con todas las fuerzas es un compromiso al cual ninguno cristiano puede eximirse, bajo la pena de hacer perderse la gracia de Dios recibida. En este sentido, decía sabiamente San Agustín : “¡Tengo miedo de la gracia que pasa sin que me de cuenta!”.

Hay personas que son llamadas a una entrega total, directa y exclusiva a Dios, consagrándose a su servicio, para coger frutos más abundantes de la gracia batismal. Se trata de las personas que son llamada a la consagración a Dios en el mundo, la vida religiosa, al sacerdocio ministerial. Para estos vocacionados, el ejemplo de la Virgen María reviste de particular y especial importancia, pues estos son llamados a seguir por el camino de la generosidad, de la donación y de la consagración total a Dios, como hizo la Santísima Virgen.

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Consagración de nosotros mismos

La respuesta a una vocación exige el desprendimiento no solo de las cosas y de las personas, pero también de nosotros mismo. Frecuentemente, un vocacionado es llamado a dejar la familia, la ciudad e incluso la patria, los costumbres y las comodidades. Este es un paso difícil y comprometedor, pero no es todo. Más importante que el desprendimiento material es el desapego del corazón. Tratase de renunciar las propias voluntades y a los propios intereses para entregarse enteramente a Dios, en plena disponibilidad a Su voluntad, a Su servicio y al del prójimo.

Así, la consagración de nosotros mismo, independientemente de nuestro estado de vida, debe ser vivida continuamente, con generosidad siempre creciente, pues, en consecuencia del pecado original, somos egoístas y tenemos la tendencia de coger de vuelta lo que ya entregamos a Dios. Si eso exige una constante superación de nosotros mismo, recordemos que no luchamos solos. La Virgen María esta siempre lista para nos amparar. ¡Ella, que encontro gracia delante del Señor (Lc 1, 30), sirve de ese privilegio para lograr la gracia en favor de los invocan!

Oración de San Afonso María de Ligorio la Chica María

“Oh María, Hija amada de Dios, Chica santa, que ruega por todos, ruega también por mí. Vos consagrastes enteramente, desde niña, al amor de vuestro Dios. ¡Oh! ¡Poder de la misma forma, en este día, ofrecer a vos las primicias de mi vida y dedicarme enteramente a vuestro servicio, oh mí santa y dulcísima Soberana! No es más tiempo de eso, pues, desgraciadamente, perdí muchos años sirviendo el mundo y mis caprichos, sin pensar en ti y en Dios. ¡Maldigo el tiempo en que no vos he amado!

Es mejor comenzar tarde que nunca. Estoy aquí, oh María; me presento, hoy, a ti y me ofrezco enteramente a Vuestro servicio, para el resto de mi vida; como vos, renuncio a todas las criaturas, y me dedico sin reserva al amor de mi Criador. Vos consagro, pues, mi Reina, mi espíritu para pensar siempre en el amor que mereces, mi lengua para vos bendecir, mi corazón para vos amar.

Acoger, oh Virgen santa, la oferta que haces un miserable pecador; acoger, yo te suplico por el placer que experimento vuestro corazón, en el momento en que vos ha concedido a Dios en el templo. Si tarde comienzo a servir, justo es que redima el tiempo perdido redoblando mi cuidado y mi amor. ‘Y Vos, oh Dios, que en el día presente quisistes que, en el templo, fuera presentada la Bienaventurada siempre Virgen María, digna morada del Espíritu Santo: concédeme que por su intercesión merezca ser presentado en el templo de vuestra gloria’. Hacerlo por amor a Jesucristo”.

¡Nuestra Señora de la Presentación, ruega por nosotros!

Referencias: 1 SANTO AFONSO MARIA DE LIGORIO. Reflexiones: Para todos los Días y Fiestas del año. Tomo III, p. 394. 2 Idem, p. 394-395.

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