Escondido debajo de la mesa

19/08/2009

Existen dos imperativos en el amor: 1) el amar a Dios sobre todas las cosas. 2) el amar a los demás como a nosotros mismos. Sobre este amor quiero hablarte (1Jn 4, 7ss)

La experiencia de amar y ser amados es la experiencia más linda que podemos vivir. Un corazón sólo puede sanarse cuando es mirado con ternura, con amor. Todos ya hemos roto alguna vez, algo de valor para nuestra madre, hecho que nos dejó, tal vez, en ese momento, desconcertados.

Yo me escondía debajo de la mesa. Eso es lo que hace el miedo, nos oculta debajo de una mesa, pero alguna vez la verdad sale a luz y podemos salir de ahí por la sonrisa de una madre que nos mira con ternura y nos sana.

Con el tiempo también debemos unir los pedazos de las cosas que están rotas dentro de nosotros, debemos salir de debajo de la mesa, porque valemos mucho más que una taza, un plato, un chiche.

A veces no tenemos certeza de qué es lo que encontraremos al salir de debajo de la mesa, tamaña es nuestra duda que hasta dudamos del amor de la madre que nos espera. No sabemos lo que recibiremos. Pienso que no quiero salir de debajo de la mesa porque si no es cariño o ternura lo que me espera, sólo me quedaré mirando los pedazos rotos por el resto de mi vida y tal vez no habrá pegamento alguna que pueda unirlos de nuevo.

Me encantaban las imágenes del pesebre que mi abuela dio a mi mamá como regalo. Tenía un valor emotivo especial porque era un regalo de madre a hija. Yo era un niño y no podía ni tocar las imágenes. Sólo miraba la caja del gran tesoro con mucha nostalgia y el gran deseo de poder llegar a diciembre para montar el pesebre, porque me encantaba ese misterio: el niño Jesús haciéndose hombre para nacer entre nosotros.

Mi mamá no me dejaba tocarlo, era esa imagen la que más me gustaba, me seducía. Cuando ya tenía un poco más de edad mi mamá me dejó cargarlo. Un buen día cuando ya tenía un poco más de autoridad, mi mamá no estaba en casa y decidí llevar al lindo niño hasta mi vecino para que viese su belleza. Sólo que en mi ansiedad, corrí y el niño cayó de mis brazos. ¡La cabeza rodó y la imagen quedó decapitada! Mi prima me ayudó y pegamos de nuevo la cabecita. Pero al llegar mi madre, reconoció mi espanto por el hecho y me mimó, haciéndome entender que me amaba y por eso me perdonaba. No existe libro de teología en este mundo que pueda hacerme entender lo que es la misericordia como aquel hecho, aquel amor de mi madre.

Ser misericordioso significa mirar a alguien de tal forma que pueda entregarse por entero, que pueda salir de debajo de la mesa. Es ser capaz de mirar todos los errores y aun así sonreír, esa sonrisa es la que da la capacidad de salir de lo oculto. Si nos quedamos debajo de la mesa, podemos encorvarnos y ¡no fuimos creados para vivir encorvados! Podemos hasta erguirnos pero con el alma aun encorvada. Ahí es que viene Aquel que toma todos nuestros errores y nos devuelve la dignidad.

No fueron pocas las veces que fue mi cabeza la que rodó, tampoco las veces que rompí cosas que ningún pegamento podría restaurar, sentimientos, miradas…otras yo fui quebrado, maltratado, roto en mi dignidad, y es ahí que Dios llega con amor y “pega” todo lo que la vida, ni las personas podrían hacerlo.

“Mi hijo vale mucho más que una cabecita rota“, decía mi mamá: “Aunque sea un regalo de mi mamá, tú eres mucho más importante para mí”.

Es impresionante como el miedo nos encarcela, nos hace creer que debemos escondernos debajo de una mesa. Nuestros traumas de los afectos y emociones nos quieren empujar debajo de la mesa.

¿Quién es una “víctima?: Es aquel cuyas flaquezas nosotros podemos explotar. En el momento de un secuestro, la víctima sufre de dudas, no sabe si la familia podrá pagar el valor de su rescate. Se pregunta: “¿Será que yo valgo lo que piden?” Todo el tiempo nos estamos haciendo también nosotros esa pregunta. Nos preguntamos si nos aman o no. Hacemos tantas cosas para saber si continuamos teniendo valor.

Muchas veces no aprendemos a lidiar con nuestros defectos y límites, nos dejamos arrastrar hasta debajo de la mesa. Pero recuerda que no fuiste creado para vivir debajo de la mesa. Eres una vela encendida y tienes que estar sobre la mesa para brillar. Puede que el diablo quiera derretir la cera de la vela que eres, pero debes saber que no llegará al pabilo, ahí no. Pon atención en el pabilo, para de mirar en la cera derretida, en los traumas en los errores que cometiste y ¡comienza a ver el pabilo! Comienza a ver el valor que tienes, las cosas lindas que existen en la vida para ser descubiertas. Deja de mirar hacia aquello que está perdido, date una chance. ¡Ámate!

Lo que me encanta de Dios, es que Él no mira a la multitud, Él mira individualmente. Él no trae condenación para ti, nunca. La condenación es sólo para quien está muerto, tú y yo estamos vivos. No puedes más quedarte debajo de la mesa, preguntándote: ¿Será que Dios me ama? ¿Con todo lo malo que he hecho? Recuerda que debajo de la mesa, te sentirás un fracasado, ahí, los sentimientos son mezquinos, los pensamientos son negros. Dios quiere verte y Él puede hasta inclinarse hasta debajo de la mesa para mirarte a los ojos, porque Él quiere convencerte de que no estás destruido, que tu cautiverio no es definitivo. Que Él puede romper todos los cautiverios, que nada puede contra el poder de su amor que puede sacarte de ahí, porque la única cosa que Él no puede hacer es dejar de amarte.

Nosotros, como hijos de Dios, debemos mirar debajo de la mesa, para ver si hay alguien ahí, necesitando de un poco de misericordia.

Pido a Dios que, por la autoridad concedida a mi persona por el sacerdocio, caigan ahora por tierra, todas aquellas cosas que te impiden salir de debajo de la mesa: traumas, sufrimientos, recuerdos dolorosos, situaciones de pecado, cualquier cosa que te impida levantar la cabeza para continuar. ¡Levántate!

Padre Fabio de Melo

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