Adorar a Jesús, es ponerlo en el centro de nuestra vida

Sólo ante Jesús podemos sentirnos libres y realizados.

En la adoración se encuentra el profundo deseo de, finalmente, librarme de mí mismo, de librarme de las preocupaciones constantes conmigo mismo, de la ansiedad de verlo todo diferente, e inclusive, puedo olvidarme de esa continua lucha por querer cambiar. Olvidándome de mí mismo, me vuelvo plenamente libre, pero preso en las manos de Dios para que Él realice la obra que necesito que realice en mí. Él me conoce.
En ese momento, nada más importa. Los problemas, mi culpa, mi estado mental, nada más importa. Sólo Dios cuenta.

Aceptarse a sí mismo no es algo fácil, es una enorme gracia. Sabemos que necesitamos toda una vida para poder llegar a esta aceptación. Sin embrago, esta gracia se da por medio de la adoración. Cuando Dios me toma para sí y cunado me dejo tomar por Él, soy capaz de aceptarme a mí mismo.

Cuando Dios se acerca tanto a mí hasta el punto en que yo llego a contar sólo con Él, entonces, la proximidad, frecuentemente, tan inoportuna de las personas que desean obtener algo de mi, pierde su importancia, lo mismo ocurre con las preocupaciones y los problemas que me perturban y me roban la paz. Cuando la presencia de Dios se impregna en mi vida, no existe lugar para nada más dentro de mí, nada más tiene poder dentro de mi. El Señor asume el control de mi vida.

Olvidándome de mi mismo, alcanzo la serenidad y cesa el rumor de mis pensamientos y sentimientos, de mi temperamento, de las voces que me acusan. Así, después de una larga búsqueda, podemos encontrar la vía de transformación, o sea, el camino de la conquista de una nueva humanidad.

Sólo encuentra el camino quien se postra delante del misterio. La adoración consiste en postrarse y adentrarse delante del misterio de Dios. Cuando nos postramos delante del misterio de Dios, nuestra alma se calma y sentimos que nuestro deseo más profundo ha sido realizado; sentimos que, finalmente, hemos encontrado aquello delante de lo cual podemos postrarnos.
De hecho, toda su vida el hombre corre buscando a Aquel delante del cual pueda postrarse, Aquel que unifique y armonice todas sus fuerzas y que transforme y satisfaga todos sus deseos y necesidades.

Corramos pues, al encuentro de Aquel, que merece nuestra adoración, el único, Señor de nuestra vida: Jesucristo!

Monseñor Jonas Abib.

Deja un comentario