Cristo Sacerdote instituyó el sacramento del Amor

Pedro y Juan, los dos discípulos más queridos de Jesús, fueron los encargados de preparar todos los detalles de una importantísima Cena. Mal sabían ellos que aquella reflexión sería el primer acto de todo un espectáculo que venía a desenvolverse en las próximas horas y que cambiaría la historia de la humanidad. Si los discípulos de Jesus ya habían presenciado muchas veces el capricho de su maestro con relación a las cosas de Dios, cuánto más ahora. Ciertamente, les intrigó enormemente darse cuenta del capricho especial con el que Jesús quería preparar esa Cena de Pascual.

A propósito, la más simple comida del cotidiano del pueblo judeo era considerado sagrado, o sea, ellos veían toda y cualquier cena como una acción religiosa por su naturaleza. Ellos comprenden que, por medio de ella, Dios manifestaba su generosa providencia dándoles los alimentos necesarios para su subsistencia. Así, cenar para el judeo, equivale entrar en comunión con Dios todo poderoso que providenció el alimento del cuerpo.

Teniendo total conocimiento de la importancia de la acción de estar en la mesa, especialmente aquella Cena pascal en cuestión. Pedro y Juan organizaron todos los preparativos con todo gusto y cuidado. Ellos elegirán el mejor cordero y lo llevaran hasta el templo para que el fuera inmolado. En seguida, fueron para el lugar en que sería realizada la sublime cena. Llegando allá, pusieron en orden toda la casa y dejaron preparados todos los detalles. Nada poderia suceder de forma errada. Ningún imprevisto debería suceder.

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En esta casa, dejarán reservadas las aguas que serán utilizadas para las purificaciones en una bacía, la más bonita, diga-se de pasaje. Dejarán reservadas también las mejores toallas para el momento. Lejos de eso, Pedro y Juan deben comprar la mejor hierba amarga que ellos encontrarán en el comercio vecino. La hierba no podía faltar porque hacía parte del importante ritual. Ellos también dejarán preparados los panes ázimos, el vino, las cubiertas y todo más que era exigido por aquel momento tan sagrado.

La última Cena de Jesucristo

En aquel Jueves Santo, por lo tanto, hay más de dos mil años, una comida muy singular estaba para suceder. De hecho, no era cualquier comida, era una sublime comida. En ella, Jesús instituyera su presencia santísima y sacramental en el medio de los hombres mismo sabiendo que, muchas veces, esta misma presencia sería seriamente profanada, ultrajada, abusada, disminuida y deshonrada. Mismo así, El lo hizo.

El celo y el esmero que pusieron los dos discípulos para preparar la Última Cena de Jesús representa una gran enseñanza para nosotros hasta el día de hoy. De la misma manera que ellos preparan, y también se prepararon, para bien vivir aquel momento, nosotros debemos prepararnos para vivir con máxima dignidad la Cena de la Eucaristía

Mientras el sol se ponía en el horizonte y el resplandor estaba presente, más se aproximaba el momento sagrado de la cena pascal. El corazón de Jesús debía bater cada vez más acelerado con el pasar del tiempo, no por miedo, una vez que Él ya sabía que sería entregado y muerto, pero por amor, porque sabía que todo lo que Él realizaría en las próximas horas es voluntad de un Padre que ama sin límites.

Humildad y servicio

Cuando llegó la hora, el se puso a la mesa con los apóstoles y una actitud importante acontece. Jesús entregó el primer cálice como señal y reconocimiento de que El era el presidente de la reflexión pascal. Ser el presidente de aquella celebración no significaba estatus o prestigio, por lo contrario, significaba servicio. El, entonces, se puso a servir. En cierto momento, Jesús amara en sí un avental. Todos sabrían que el avental es el accesorio más próprio de quien realiza la tarea menos reconocida de una cena, pero, la más importante, o sea, aquella que cocina y sirve de alimento.

Después que ellos hicieron la refección, Jesus da un ejemplo sorprendente de humildad y de servicio cuando se arrodilla delante de sus discípulos para lavar los piés. El acto de humildad del Maestro al lavar los pies de los discípulos contrasta enormemente con el ambicioso pedido hecho por dos de los discípulos de Jesús a requisitar en un lugar de honor al lado del Maestro. El contraste entre estos dos ocorridos sirven como materia de reflexión: ¿Mi vida está comprometida con la búsqueda del prestigio infantil o con el servicio de Dios y de los hermanos? Servir a Dios y a los hermanos, a propósito, no es un deber apenas de los religiosos, pero de todo y cualquier bautizado.

¡Qué cena sorprendente! El hijo de Dios hecho hombre estaba arrodillado a los pies de sus criaturas. El maestro, aquel que debería recibir el honor, se postró a los pies de los discípulos. Justo, el Santo, a los pies de los pecadores. Es hasta natural que experimentemos, en un reflejo, espanto y hasta repulsa al imaginar una cena de tan gran apelo. En el más profundo de nuestra alma emerge involuntariamente un grito: ¿cómo esto es posible? Dios hizo el último de los siervos”. El espanto, en la verdad, es apenas nuestro porque Jesus mismo no quería ser grande, solo quería amar y salvar.

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La Nueva y Eterna Alianza

Ali, en aquella noche durante la refección una alianza completamente nueva fué realizada. No era cualquier alianza, pero una nueva y eterna alianza. En todas las cenas judaicas se recordaba la alianza que Dios hiciera con su pueblo por medio del cordero pascual que debería haber en todas las cenas pascuales. A partir de esa noche, el cordero de Pascua inmolado sería el mismo Cristo. Ya no ofrece un cordero para ser sacrificado, se ofrece a sí mismo como una verdadera ofrenda. Con eso se inauguró una nueva y definitiva Alianza.

Del corazón de nuestro Señor salieron las siguientes palabras: ““Haced esto en mi memoria” (Lc 22, 19). Después de estas palabras estaba instituida la Santísima Eucaristía y, en la misma ocasión, el sacerdocio ministerial. Jesús, a partir de entonces, permanece en el medio de su pueblo para siempre. Su presencia real y constante transformaría la solitón desconsolada del hombre en una sólida acompañante. Si, en aquella noche los discípulos pudieran contar con la presencia sensible de Jesus, hoy nosotros podremos contar con su presencia sacramental. Sensible o sacramental, ambas las presencias son reales y verdaderas. Magnífico privilegio para los discípulos y no menos para cada uno de nosotros.

Asombro y emoción

En el momento en que Cristo, personalmente, dio a cada uno de sus discípulos la Eucaristía, o sea, su propio cuerpo como alimento, los apóstoles enmudecieron. Entonces, ellos pudieran experimentar el asombro y la emoción. Ciertamente trataron de entender lo que significaba todo, y aunque no tocaron completamente la profundidad del acto de Jesús, sabían que no era una ocasión cualquiera.

Este venerable y feliz momento necesitó ceder espacio para otros acontecimientos también venerables, todavía, no poco aflictivos. La hora ya estaba adelantada y la pasión de Nuestro Señor Jesucristo estaba cada vez más próxima. Una noche iluminada por el brillo de las estrellas fue tornándose cada vez más enturbiada. Una atmósfera enlutada se hizo presente. En este momento Jesus ya fuera traído por uno de los suyos y una angustia suprema toma cuenta de su corazón. Llegó la hora de abrazar la cruz y tomar del amargo cáliz.

Dios te bendiga y hasta la próxima!

Gleidson Carvalho
Natural de Valença – RJ (Brasil), pero vivió parte de su vida en Piraúba – MG (Brasil). Hoy, él es misionero de la Comunidad Canção Nova, candidato a las ordenes sacras, licenciado en Filosofía y licenciando en Teología, ambos por la Facultad Canção Nova, Cachoeira Paulista – SP (Brasil). Actúa en el Departamento de Internet de la Canção Nova, en la liturgía del Santuario del Padre de las Misericordias y en los Confesionarios. Presenta, con los demás seminaristas, el “Rosario en Familia” por la Radio Canção Nova AM. (Instagram: @cngleidson)

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