Cuando llega el desánimo...

La aridez espiritual ayuda en la conquista de la humildad, nos hace comprender que en todo dependemos del Señor

La vida espiritual también está envuelta por tiempos de aridez, falta de gusto por las cosas, soledad, desánimo…

En estos períodos, somos privados de las consolaciones sensibles y espirituales. Aunque no entendamos lo que está pasando, esto favorece a nuestro crecimiento en la vida de oración y en la práctica de las virtudes.

A pesar de muchos esfuerzos y de disciplina en la vida espiritual hay momentos en los que uno no siente gusto por la oración; al contrario, al practicarla se siente el cansancio, el desánimo, la ausencia de la presencia de Dios, como si Nuestro Señor nos hubiera olvidado y el tiempo parece no tener fin.

Podríamos decir que la fe y la esperanza están adormecidas. El alma parece envuelta en una especie de apatía. Es un tiempo penoso, en el cual no se siente la alegría.

Mas, también en este tiempo Dios está obrando en nosotros. Jesús mismo dijo que “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo.” (Juan 5:17). Dios trabaja siempre a nuestro favor y como ya decía el apóstol Pablo: Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio.” (Rom 8, 28)

Dicho tiempo de aridez espiritual nos ayuda a desprendernos de todo lo que no proclama el señorío de Jesús en nuestras vidas, así como nos enseña y nos educa a buscar a Dios, por lo que es y no por lo que puede ofrecernos.

Nos ayuda a vivir el abandono en Dios. Elizabeth de la Trinidad, gran mística carmelita, decía: “”Debemos dejarlo todo para abrazar a Aquel que es Todo”.

La aridez espiritual ayuda en la conquista de la humildad, nos hace comprender que todo viene de Dios y que dependemos de Él para todo. El amor que Dios nos tiene es pura gratuidad.

Este tiempo penoso nos hace comprender que Dios Padre es el Señor de los dones y los distribuye según la manera que le place. No somos nosotros quienes debemos dictar las órdenes para Dios, Él es el Señor, Él es Dios, Él es libre y nosotros somos siervos suyos. Así, Dios nos purifica. Sufrimos mucho, pero este es un sufrimiento redentor.

Aprendemos a servir a Dios incluso sin tener ganas de hacerlo. Aprendemos a buscarlo en todos los momentos. Aprendemos que nuestros ojos deben estar puestos solamente en Él.

De esta manera, Dios robustece nuestra fe, nos impulsa a no desistir en la búsqueda de la práctica del bien y nos enseña el camino de la constancia, como a Santa Teresa, que durante años tuvo dudas de la real presencia de Jesús en la Eucaristía, pero aún así no dejó de adorar a Jesús en la Eucarística.

Es por medio de este ejercicio que uno fortalece la virtud. Suelo decir a mis hijos en la Comunidad Canción Nueva que es “10% es inspiración y 90% es transpiración”.

Tu hermano
Mons. Jonas Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva

Deja un comentario