El pecado es nuestro mayor enemigo

Es el momento de luchar contra el enemigo

Algunas personas pueden incluso creer que el dolor, las dificultades y el sufrimiento no deberían hacer parte de la vida cristiana. Sin embargo, si Dios es el Todo Poderoso, ¿por que Él no libra los suyos de todo mal?

Sería muy interesante pensar de esta forma y, de alguna forma, ese pensamiento tiene una lógica. Pero, quiero recordar algo muy importante, la lógica de Dios es muy diferente de la lógica del mundo: “Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los mismos de ustedes, dice Yavé” (Is 55, 8).

Cuando rezamos la “Salve Reina” (una linda y antiquísima oración de la Iglesia) al clamar la intercesión de la Virgen María, recitamos: “a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lagrimas”. Este mundo es considerado, por lo tanto, lugar de contingencias, miserias y obstáculos.

Foto: Wesley Almeida/cancionnueva.com.es

¿Qué hacer delante de esta realidad?

Que este mundo es un “valle de lágrimas”, probablemente la mayoría de nosotros concordamos, pero, ¿qué hacer delante de esta realidad? En realidad, dentro de la perspectiva cristiana, muchas veces respuestas caben a esta pregunta, por ejemplo, “esperar en Dios”, “confiar en tu providencia”, “no desesperarse”. Por supuesto que, todas estas respuestas son verdaderas y necesarias.

No obstante, quiero partir del otro camino. Delante de las dificultades de la vida y de los combates que trabamos diariamente, además de confiar en la Providencia de Dios y esperar sin desesperar (…), necesitamos ir a lucha. En otras palabras, nosotros necesitamos entrar en una batalla. No solo eso, pero necesitamos, también, armarnos para una verdadera guerra. Y ya te digo, no va ser fácil.

En un primero momento, puede incluso parecer inusitado comparar las realidades adversas de la vida cotidianas con una guerra. Pero, esta forma de hablar no es tan inusitada así. En varias pasajes bíblicas, el autor sagrado se utiliza de esta lenguaje para formular tu pensamiento y para transmitir su mensaje. En el libro del Salmos, por ejemplo, tenemos un indicio de esta forma de lenguaje: “Cíñete, guerrero, la espada a la cintura; con gloria y majestad, avanza triunfalmente; cabalga en defensa de la verdad y de los pobres. Tu mano hace justicia y tu derecha, proezas” (Sl 45, 4-5).

¿Aceptas entrar en esta guerra conmigo?

Quiero llamar la atención para una importante realidad. Dentro de una guerra, en primer lugar, es esencial conocer bien los enemigos. El general del ejercito debe, no solo conocer sus enemigos, pero las tácticas usadas por ellos. Con eso, él consigue anticipar o prever un eminente ataque y, caso sea atacado, minimiza las bajas y aliadas. Conocer el enemigo, por lo tanto, da al líder de tropa a las condiciones de defenderse y defender tu patria.

Al hacernos una analogía entre un cristiano y un soldado, podríamos enumerar una lista con varios enemigos del cristiano, dentro de los cuales quiero citar el primero: el pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica, a partir del párrafo 1849, define pecado como “una falta contra la razón y la verdad”. Es, también, “una falta al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo”. El pecado, por lo tanto, además de herir la naturaleza del hombre, ofende la solidaridad humana. Por más que el pecado sea personal, de alguna forma él afecta a todos los hombres, sin embargo, “quien peca (…) hiere la salud espiritual de la Iglesia” (CIC 1487).

Sobre eso, el número 5 de la Constitución Apostólica “Indulgentiarum Doctrina”, al tratar del dogma de la comunión de los santos, afirma que “La vida de cada uno de los hijos de Dios (…) se cree unida por admirable lazo a la vida de todos los demás hermanos cristianos en la sobrenatural unidad del Cuerpo Místico de Cristo, como una única persona mística”.

De esta forma, “¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría” (1Cor 12,26). Por eso, cuando una persona peca, por más que nadie vea o sepa, engendra consecuencias dañino en la vida espiritual de la Iglesia y en su unidad.

Las consecuencias del pecado

Todo pecado engendra consecuencias, siempre traumáticas y dramáticas. El pecado mortal, por ejemplo, lleva a la privación del estado de gracia y, ese estado no es recuperado, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna en el infierno. Por lo tanto, “la muerte es consecuencia del pecado” (CIC 1008, 1861).

Incluso los pecados venial traen consecuencias negativas y necesitan ser evitados. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, en el párrafo 1472, él lleva un apego prejudicial a las criaturas que exige purificación, quiere aquí en la tierra, quiere después de la muerte, en el estado llamado “purgatorio”. Podemos recordar que estas solo no deben ser concebidas como una especie de venganza infligida por Dios, y sí como una consecuencia de la propia naturaleza del pecado.

Pecar, por lo tanto, nunca es bueno, sea el “menor pecado”, mucho menos el “mayor pecado”. A los ojos de la fe, no existe nada más grave que el pecado, “y nada tiene consecuencias peores para los propios pecadores, para la Iglesia y para el mundo entero” (CIC 1488). Por eso, huya del pecado, cueste lo cueste.

Si he pecado, ¿todo está perdido?

La respuesta es un indiscutible, taxativo y categórico “No”. Ni todo esta perdido, además, nada esta perdido, desde que, no muera en este estado. No es por acaso que, son justamente los pecadores que Jesús invita para cenar con Él a la mesa del Reino. Sin embargo, Jesús no vino llamar los justos, y sí los pecadores (cf. Mc 2,17).

¡Se anime! Si tu estas arrepentido de tus pecados, haga un buen examen de consciencia y busque un sacerdote para confesarse. No dejes para después, mañana puede ser muy tarde.

¿Quieres ser feliz? Lee menos libros de auto ayuda y busca el Señor: “¡Gloríense en su santo Nombre, alégrense los que buscan al Señor!” (Sl 105, 3). Por más que el hombre rechace o te olvides de Dios, “este, de tu parte, no se cansa de llamar todo hombre a buscarlo, para que viva y encuentre la felicidad” (cf. CIC 30).

Por supuesto que, esta búsqueda exigirá del hombre todo el esfuerzo de tu inteligencia y la rectitud de tu voluntad. Sin embargo, es posible vivir la experiencia de Dios. Si, el pecado trae terribles consecuencias para nuestra vida, el contrario también es verdadero. Amar y creer en Dios con todo el corazón trae consecuencias inmensas y saludable para toda nuestra vida.

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Señor, aparta de mí de todo el mal

Antes de encerrar el asunto, quiero invitar a ti esta breve oración compuesta por San Nicolau de Flue, un místico y asceta del siglo XV que dice:

“Mí Señor y mí Dios, quitame todo lo que me aparta de ti. Mi Señor y mí Dios, dame todo lo que me acerca de ti. Mi Señor y mi Dios, desprendeme de mí mismo para donarme por entero a ti”

Esta, tal vez, pueda ser tu oración en los momentos más duros de tentación. Haga la experiencia y después me cuentas.

En el próximo artículo, voy decir de nuestro segundo y mayor enemigo: el propio demonio, el causador de toda tentación y el originador del mal.

¡Dios te bendiga!

Gleidson Carvalho
Natural de Valença – RJ (Brasil), pero vivió parte de su vida en Piraúba – MG (Brasil). Hoy, él es misionero de la Comunidad Canção Nova, candidato a las ordenes sacras, licenciado en Filosofía y licenciando en Teología, ambos por la Facultad Canção Nova, Cachoeira Paulista – SP (Brasil). Actúa en el Departamento de Internet de la Canção Nova, en la liturgía del Santuario del Padre de las Misericordias y en los Confesionarios. Presenta, con los demás seminaristas, el “Rosario en Familia” por la Radio Canção Nova AM. (Instagram: @cngleidson)

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