El secreto de la felicidad

Abre la Palabra de Dios en el Salmo 32(31), 1-6 y 11. Si tú has buscado la felicidad, aquí, hay un secreto revelado para que puedas encontrarla.

Según la Palabra de Dios, feliz es aquel a quien el Señor perdonó, porque no existen personas sin pecado en este mundo. Él dice que el justo peca siete veces al día, y “siete veces” significa muchas veces. Si aquel que es justo peca siete veces, imagina quien no lo es.
Pero para Dios, feliz es aquel que abrió el corazón al perdón.

 

Todas las veces en que tú perseguiste la felicidad, ésta huyó de ti, porque ella no es un dios, pero Dios si es la felicidad. Infelizmente, muchos colocaron a la felicidad en el lugar de Dios, hicieron de ella un gran ídolo. Así, la persona hace de todo para ser feliz, sólo que sucede como cuando uno toma arena en sus manos, cuando más la tomamos, ella más escapa. Pues es preciso hacer justamente lo contrario, cuando volvemos nuestro corazón hacía Dios, para las cosas de lo alto, no necesitamos correr detrás de la felicidad, porque ella viene a nuestro encuentro.

Esta felicidad quiere encontrarte, pero te repito: felicidad no es un dios, un ídolo, sólo Dios es la felicidad, y es ésta felicidad que quiere entrar hoy en tu corazón.

La culpa cuando no es confesada, dice la Palabra del Señor, agota las fuerzas y consume a la persona como los días calientes de verano. Dios es Todopoderoso, él todo perdona, pero necesitamos dar algunos pasos para recibir este perdón: Es necesario que abramos las puertas de nuestro corazón. Y la primera cosa que debemos hacer es reconocernos pecadores. Es necesario sacar afuera aquello que nos está matando. Y después, tenemos que arrepentirnos verdaderamente, y sólo tendremos un corazón arrepentido con la gracia de Dios. Y la tercera cosa que debemos hacer es romper con el pecado. Retirar de nuestra casa todo lo que nos lleva al pecado, el cual destruye tanto nuestro cuerpo como nuestra alma.

Y solamente por la confesión eso es posible, tenemos que ir al “horno” del Espíritu Santo, que es la Iglesia, y después de confesarse, olvidar aquel pecado, pues al confesarlo, Dios lo borró. Así, recomenzamos todo nuevamente.

La Alegría de la salvación te envuelve en el instante en que el sacerdote te dice: “Yo te bendigo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”

Márcio Mendes
Consagrado de la Comunidad Canción Nueva

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