En el desierto de las emociones

Se volvió normal en los días de hoy la dependencia de las emociones.

Si vamos a una fiesta y no damos buenas carcajadas hasta alcanzar la euforia, enseguida decimos que la fiesta no fue buena.

Si una novia al decir su sí en el altar no lo hizo con una voz temblorosa y no dejó caer lágrimas, no creemos en su verdad.

Si contamos a alguien sobre un nuevo proyecto o conquista, y este alguien no vibra con nosotros, nos sentimos rechazados.

Pero ¿por qué será que estamos siempre en busca de emociones, de sentido para nuestros sentimientos? Porque somos de la generación fast food, de la generación 24 hrs, de la generación “haz que yo pago”.

Generación que no siente el viento en su rostro, pues acostumbró con el aire acondicionado, generación que no se levanta del sofá porque tiene un control remoto en la mano.

Generación Big Brother que, cuando alguien no nos agrada, simplemente lo eliminamos. Generación que no sabe lo quiere y, por eso, experimenta de todo un poco para ver si alcanza un éxtasis, por lo menos por algunos segundos. Una generación que no duerme en el silencio y tiene siempre un auricular en los oídos con música, porque teme oír la voz del alma o quien sabe, la voz de la propia conciencia.

No quiero de ninguna manera ser contraria a la practicidad de la vida moderna, pero la modernidad no puede dejarnos presos formando un muro para lo natural de la vida.

Por lo tanto, no permitas que por falta de emoción tu vida se vuelva un desierto. Y aunque en algunos momentos el desierto venga, recuerda de que la primavera no es la misma sino pasa por el otoño. En tu desierto, sal en busca del pozo que matará tu sed y no volverá nuevamente, porque la sed del alma es sólo la inquietud de una búsqueda por lo eterno que se llama amor, y la supremacía del amor se llama Dios.

María do Céu M. Moraes

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