Enfermedades espirituales causadas por los pecados capitales

La sanación de las enfermedades espirituales es obra del Espíritu Santo

Para que una enfermedad sea tratada, es necesario detectar, por medio de exámenes, qué la causó. Una vez diagnosticado el problema, se administran los medicamentos necesarios para restablecer la salud corporal.

Nuestra vida espiritual pasa por ese mismo proceso. Muchas veces, nuestra alma está contaminada por enfermedades espirituales que, de a poco, nos roban la paz y nos desequilibran espiritualmente, apartándonos del camino de santidad y conduciéndonos al pecado.

Enfermedades espirituales

Foto: Daniel Mafra/cancaonova.com

Ante esta realidad, es necesario diagnosticar qué enfermedades espirituales están dejando nuestra alma enferma. Para que los medicamentos correctos alcancen el efecto deseado, es necesario identificar esas enfermedades. ¿Y cuáles son las enfermedades espirituales?
Son siete: gula, avaricia, lujuria, ira, envidia, pereza y soberbia. Las enfermedades espirituales son los siete pecados capitales, los cuales, cuando no son diagnosticados, causan un terrible mal al corazón del ser humano.

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La gula es la enfermedad espiritual del deseo insaciable. Siempre es necesario consumir más para satisfacción propia. Cuando esa enfermedad se aloja en el corazón, nos hace esclavos de una voluntad que nos roba el derecho de la libertad. Tornándonos esclavos y siempre será requerirá ir más allá de lo necesario. El remedio para la gula es el autocontrol, es aprender a satisfacernos con lo necesario y decir “no” al exceso.

Avaricia: es el apego al dinero y a los bienes materiales. Esta enfermedad esclaviza a la personas, pues hace de su corazón un prisionero de los deseos, olvidándose de Dios y del prójimo. Para curar esta enfermedad, es necesario el abandono en Cristo y el desapego de todo lo que nos aprisiona.

Lujuria: es dejarse dominar por las pasiones. Esta dolencia, deja a la persona presa de sus deseos carnales, a la corrupción de las costumbres y a la sensualidad. Todos esos deseos se agravan con el tiempo, en el caso de no ser atendido con el remedio necesario, que consiste en reconocerse Templo del Espíritu Santo y recuperar la conciencia de la dignidad de hijo de Dios.

Ira: es el sentimiento de rabia, odio, rencor y venganza. Es una enfermedad compleja, pues, silenciosamente, va transformando a la persona en aquello que siente. Actúa de a poco en el corazón y si, no es medicada a tiempo, puede destruir vidas. El remedio para esta enfermedad es el perdón y la búsqueda de la paz para con todos. Muchos se encuentran enfermos de este sentimiento, por eso es necesario cuidar urgentemente de ellos.

Envidia: es la codicia por aquello que no es tuyo. Muchos pasan por la vida deseando aquello que no es suyo y se olvidan de cuidar de la propia vida. Este padecimiento aparta a la persona de la realidad de su propia vida y la vuelve prisionera de lo que los demás poseen. El remedio para esta enfermedad consiste en sacar la mirada del otro y cuidar de la propia existencia. Solamente quien consigue volver la mirada para su propia vida, libera a los demás de sus miradas envidiosas.

Pereza: es la enfermedad de la falta de voluntad, de la aversión al trabajo. El perezoso viven en estado de constante parálisis. Esta dolencia hace al ser humano acostumbrarse con una vida mediocre. Para curarla, es necesario salir de espacio de confort que creó para si mismo y tomar una actitud ante la vida. Muchas personas alientan esta enfermedad en sus semejantes.

Soberbia: esta enfermedad está ligada al orgullo excesivo, a la vanidad y a la arrogancia. Muchos viven creyéndose mejor que los demás. Para curarse de esta enfermedad, es necesario reconocerse pecador y necesidad de la misericordia de Dios. Solamente quien se reconocer criatura y no Creador logra liberarse de este mal.

La sanación de las enfermedades espirituales es un proceso de cambio interior que se da con la ayuda del Espíritu Santo, el médico de las almas.

Padre Flavio Sobreiro
Bachiller en Filosofia y Teólogo. Vicario de la Parroquia San Antonio, en Jacutinga (MG) y sacerdote de la Arquidiócesis de Pouso Alegre (MG)

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