La compasión es el remedio que trata el corazón humano

22/05/2018

Nuestro corazón fue diseñada para ser de la paz

Causan perplejidad la creciente violencia y la fuerza destructora de las indiferencias. Las persecuciones y el gusto mórbido de destruir reputaciones o tratar, con espetacularización, la condición humana son graves amenazas. Y frente este turbulento escenario, aún surgen figuras que se presentan como la “fuerza de la moralización”, pero actúan con truculencia y se autopromoven a partir de la diseminación de noticias falsas, creando confusiones y sembrando desorden. Hay, pues, una retroalimentación de las hostilidades, disputas, contestaciones y, de forma preocupante, del espíritu enfermo de aquellos que quieren ver “el circo de fuego”. Se constata que el corazón de las personas, proyectado para ser de la paz, se transforma en lugar que abriga sentimientos de venganza, de aprecio al bandidaje.

Foto ilustrativa: portishead1 by Getty Images

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Se distancia, así, del sentido humanístico indispensable para alimentar la fraternidad y solidaridad. El proceso creciente de deshumanización conduce la sociedad al colapso. Los escenarios son de guerra, lo que es comprobado por las estadísticas sobre homicidios provocados por la falta de compromiso con la sacralidad de la vida del otro, que es  hermano.

Patología

En contramano de la indispensable y urgente sensibilización humana, lo que se verifica es un proceso de petrificación de los corazones, una patología. Al final, quien cultiva el habito de practicar maldades es enfermo. Las prácticas que, a pesar de seductoras, llevan personas e instituciones al fracaso, son también indicaciones del grave síntoma de la devastación de las referencias humanísticas. Hay una pérdida de limites: las consecuencias de los actos inadecuados e inmorales siquiera son consideradas. Esto se deriva de la falta de compromiso con la honestidad. La probidad, que debería ser orientada de conductas, no tiene su valor reconocido.

Una sociedad vivida en este horizonte confuso no tiene fuerza para recuperarse de crisis. Carece de sabiduría para reencontrar caminos y respuestas. Y las personas no consiguen percibir el sentido y el alcance de la vida como don. Por el contrario, las conductas quedan enmarcados por los estrechamientos humanísticos que llevan la ciudadanía a ser escenario de teatros. Consecuentemente, la vida cotidiana se aleja de la felicidad, posible cuando todos se reconocen como pertenecientes a una gran familia – todos se percibiendo como hermanos unos de otros.

El remedio de la compasión

Es necesario un remedio que tenga fuerza de acción en el corazón humano. Es allí que reside el problema. Llega, pues, a los corazones, el remedio de la compasión, capaz de hacerlo sed de la experiencia del amor. Los procesos que tienden a embrutecer el corazón humano necesitan ser debelados. Eso incluye inversiones en seguridad publica, legislaciones, infraestructura y, principalmente, promover, en el ambiente familiar, religioso, entre otros, el remedio de la compasión.

La compasión permite el desarrollo de competencias, de responsabilidades, la recuperación del sentido de la hermandad, la alegría de la pertenencia a un pueblo, el gusto de tratar con celo por su patrimonio y el compromiso con aquellos que necesitan de ayuda. La patología del embrutecimiento, por su vez, lleva a perdida del sentido más profundo de la vida, causando secuelas y trayendo perjuicios preocupantes – muertes, suicidios, violencias de todo tipo, indiferencias destructoras. Por eso mismo, necesita ser tratada con el remedio de la compasión.

La compasión no es debilidad, menos aún la convivencia con los errores que requieren penas y correcciones. El aprendizaje y la práctica de la compasión, legado propio de la espiritualidad cristiana, es el remedio que trata el corazón humano, fuente inagotable para lavarse y purificarse. Es necesario reconocerse como necesitado de este remedio. Vivir la Semana Santa, siguiendo los pasos de Jesucristo – la compasión – es tomar ese remedio para sanar de muchos males, camino para convertirse agente constructor de una vida nueva, de un tiempo nuevo y un ejercicio que permite educar el corazón para reconocer la importancia del otro, principalmente de quien es pobre e indefenso.

Limpiar el corazón de las penas que generan venganzas y resentimiento. Cultivar el gusto por el bien y por la verdad. Comprender la vida como el don.

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Dom Walmor Oliveira de Azevedo
El Arzobispo Metropolitano de Belo Horizonte (Brasil), Monseñor Walmor Oliveira de Azevedo, es doctor en Teología Bíblica por la Pontifica Universidad Gregoriana. Actualmente miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Congregación para las Iglesias Orientales. En el Brasil, es obispo referencia para los fieles católicos de Rito Oriental. http://www.arquidiocesebh.org.