La misión que empieza en casa

En octubre, mes misionero, la Iglesia celebra la devoción a una de sus grandes santas, una doctora, una maestra del amor: Santa Teresita del Niño Jesús, patrona de los misioneros.

Oh Jesús, mi amor. Mi vocación, en fin, yo la encontré, mi vocación es el amor” (Santa Teresita).

Reconozco que amar es el desafío más grande del cristiano, sin embargo es el camino para llegar al cielo. San Pablo es muy claro cuando nos exhorta en Romanos: Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley (Rm 13,8). Sin duda, no hay otro camino para llegar a Dios, a no ser por el amor, y en ese camino no hay más o menos. Santa Teresita, cierta vez, se expresó así: “No basta amar, hace falta probarlo”.

Amar es una decisión que se toma no sólo con el corazón, por la sensibilidad, sino con la razón. Así como la vida es una cuestión de opción, amar también es una opción que sólo uno puede hacer por sí, nadie puede amar en el lugar del otro.

Amar no es un acto mecánico, es una opción que pasa por la libertad y por la conciencia. Es un acto de voluntad. Para amar hace falta aceptar perderse, no estar volcado a sí mismo. La sensibilidad auxilia para salir de sí, pero no es suficiente para llevar al amor. La admiración por el otro, nos empuja, pero todavía no es amor.

Comprendí que mi amor no se debía traducir solamente por palabras (Santa Teresita). Amar no es dar alguna cosa a alguien, eso es filantropía.

Amar es darse por entero a alguien, mereciendo o no. Jesús hizo eso por nosotros y por toda la humanidad. El Señor se ofertó, enteramente, a todos en el sacrificio de muerte en la cruz. El amor no busca otro motivo, ni otro fruto fuera de si; su fruto consiste en su práctica. Amo porque amo; amo para amar. El amor es un constante acto que se renueva cada vez que es practicado.

Fui hecho para amar, nací del amor y para allá volveré. Por tanto, es importante que lo viva. Esa comprensión de nuestra existencia pautada por el amor hace toda una diferencia en la vida de Santa Teresita: “(…) y mi vida es un único acto de amor”. Y hace también en la vida de cada uno una revolución.

La disposición de amar debe ser nuestra actitud, porque el amor es la base de todo. Todo pasará, sólo el amor permanecerá.

En 1996, conocí la historia de Santa Teresita, su lucha por amar a todos y demostrar ese amor, especialmente a aquellas hermanas que menos le agradaban. La inmensidad del amor de Dios por ella me impulsó a optar, desde entonces, de la pequeña vía para mi vida: a cada día al despertarme pregunto al Señor a quién amar y cómo hacerlo en aquel momento.

En mi casa, mi papá fue alcohólico, durante años fue causa de sufrimiento en nuestra casa. Con el pasar del tiempo, paró de beber, pero la marca de la historia quedó. Entonces, le dediqué a él todo mi amor, mi perdón, decidí amarlo gratuitamente. El amor venció. El cielo aconteció.

Madre Teresa de Calcuta nos dice: “en el atardecer seremos juzgados por el amor”. Amar es un desafío que Dios nos hace todos los días. Muchos no comprenden, otros no tuvieron la gracia de experimentarlo. Sin embargo, quien vivenció el verdadero amor, se deja transformar.

Santa Teresita del Niño Jesús, ruega por nosotros y enséñanos a amar.

Lucio Domicio
Comunidad Canción Nueva

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