La Santidad solo ocurre cuando amamos Dios verdaderamente

El amor únicamente humano no es capaz de sustentar la búsqueda por la santidad

Foto: Paula Dizaró/cancionnueva.com.es

La verdad es que solo es capaz de verdad cuando se reconoce la segura fuente de amor. Por un tiempo me quede pensando sobre la realidad de la búsqueda por la santidad, de la lucha contra el pecado. ¿Por que es tan difícil mantenerse fiel? ¿Por que siempre caemos en los mismos errores y pecados, y, a veces, dejamos para tras mucho tiempo de ahínco y dedicación en la construcción de la santidad?

El amor únicamente humano no es capaz de sustentar el deseo de pureza y rectitud. El amor por la obra, por las cosas de Dios, por las personas de Dios aún no es suficiente para sostener el deseo de permanecer seguros en la búsqueda por la plena voluntad de Jesús. Solo es capaz de sostenernos, de mantenernos seguros y perseverantes el amor cultivado por el propio Dios.

Es normal para nosotros, que acabamos de llegar en una vida de relación con Dios, encantarnos por la obra de Él, por las personas de Él, por todo que existe, aquí en esta tierra, creado por Él. ¡Eso es normal, eso es bueno! En el Salmo 50, 2, leemos: ‘Desde Sion, perfecta en belleza, Dios resplandece’, es decir, todo ese refleja la belleza de Dios, todo eso nos presenta un poco de la belleza de Él, nos revela el Señor, pero no es el propio Dios!

¡La búsqueda por hacer la voluntad de Dios y búsqueda por la santidad solo comienza a tomar un cuerpo y se convierte consistente cuando es hecha no para que las cosas sean vistas, pero para que el amor a Dios sea manifestado! ¡Pero calma! ¿Eso te parece difícil? ¡Sí, no es fácil! Por eso, necesita ser cultivado. Las virtudes comienzan a ser conquistada a partir de ese amor, de ese deseo de ser fiel, de ser mejor para Dios y, consecuentemente, para los hermanos. ¡En el fondo, es sencillo! Pier Giorgio Frassati tiene una frase que me gusta mucho, en que él dice: “Vivir y no fingir que se vive”. Creo que santidad podría resumir en esta frase.

Muchas veces, y eso es común en el proceso de madurez espiritual, simulamos una santidad desencarnada y no vivida. Creamos máscaras y parecemos muy buenos delante de las personas. ¡Fingimos que vivimos, fingimos que buscamos, y lo peor, fingimos que creemos en nosotros mismos! Existe una expresión que dice: “El peor ciego es aquel que no quiere ver”. ¡Ahí, en esta frase, yo defino el pecado! ¡Nosotros pecamos, errar el objetivo, nos dejamos llevar por la corriente del mundo, peor que todo eso, es no reconocernos que somos pecadores! Peor que todo eso es no ir atrás de la realidad que puede cambiar nuestra circunstancia: la verdad.

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La confesión es un acto de verdad. ¡En ella, dejamos de fingir, somos quien somos y, por amor a Dios, queremos volver, volver a construir ese camino de santidad! Un día, en una conversa con una hermana y amiga de comunidad, escucho que santidad es ser quien soy yo. Siempre vuelvo en eso, en entender que “yo soy” hijo, y esta es la primera actitud que debe regir mí vida y mi relación con Dios. Ahí, entonces, yo voy amarlo no por lo que él tiene o ofrece, pero por lo que Él es. ¡No tendré fuerzas para ofrecerlo, porque el amor supera el dolor, el temor y el pecado!

Solo el amor es capaz de revelar quien yo soy y me lleva a la santidad. Termino con la misma frase que yo comencé. La verdad es que solo es capaz de amar de verdad cuando se reconoce la segura fuente amor. ¡Ahí esta el secreto, reconocer la verdadera fuente del amor!

Pedro Augusto Pinheiro
Misionero de la Comunidad Canción Nueva

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