La Virgen María y el misterio de la cruz

Jesús reunió a la gente y a sus discípulos y les dijo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc 8,34)

Jesús colocó como exigencia para quienes querían seguirlo, la actitud libre de tomar la cruz y hacerlo. Tomar la cruz significa asumir el misterio del sufrimiento en nuestras vidas. Tomar nuestra cruz significa aún más, implica un cierto tipo de muerte (cf. Mc 8,35), por amor a Cristo y a su Evangelio. Somos libres de asumir la cruz, pero el Maestro nos advierte que la libertad solamente existe para aquellos que quieren seguirlo (cf. Mc 8,35b). Los que no quieran tomar su cruz y seguirlo, los que quieran salvar sus vidas, la perderán (cf. Mc 8,35ª), o sea, van a perder la libertad.

Cruz-dentro

Foto: Archivo/cancionnueva.com.es

Renunciar a sí mismo y seguir a Jesucristo es la verdadera libertad de poder decir sí en el amor a Él y a su Evangelio, de poder decir sí al amor al prójimo. Asumir la cruz en nuestras vidas significa amar como Jesús amó, o sea, en medio de dolores y sufrimientos. Desde el vientre materno Jesús fue perseguido y, de cierta forma, su Madre, la Virgen de los dolores, compartió con Él esos sufrimientos. Los sietes dolores de María, que son meditadas por muchos devotos, están directamente ligados a los sufrimientos de Su Hijo Jesucristo.

La Virgen María, por ser su Madre, participó de los sufrimientos de Jesucristo. Más que cualquier otra persona, ella asumió los sufrimientos de la cruz de Cristo en su vida. La Virgen María acompañó a su Hijo hasta el fin, desde su infancia hasta la edad adulta, en su vida pública, que culminó en su sacrificio en el Calvario. María asumió la cruz del sufrimiento por causa de Jesús, por su prisión, su juicio injusto, sus dolores en la flagelación y en la coronación de espinas, por los ultrajes y blasfemias hacia Él, por su crucifixión, por su muerte.

Lee más:

.:¿Por qué tengo que aguantar mi cruz?
.:No hay estilo cristiano, sin la cruz y sin Jesús
.:Clama a la Virgen María

María no solamente asumió su cruz y fidelidad en el seguimiento a su Hijo, sino también asumió la maternidad espiritual de toda la Iglesia. Poco antes de su muerte, Jesús le dijo a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26). Entregando a Juan como hijo, Jesús entregaba a todos nosotros, los cristianos, a los cuidados de su Madre. La Virgen jamás diría no a un pedido de Jesús, menos aún cuando el pedido fue hecho en aquel momento de la cruz. Por eso María asume a cada uno de nosotros cristianos como hijos. Ella es nuestra Madre espiritual, que comparte también nuestros sufrimientos. Ella nos consuela en los dolores y, en nuestras caídas, nos ayuda a levantarnos. Está con nosotros y no nos abandonará, como no abandonó a Jesús, sino que fue hasta el fin.

La Virgen María es como una Madre celosa, que cuida de cada uno de sus hijos, por eso, no tengamos miedo de confiarnos a Ella enteramente. Fue el propio Cristo que, en su testamento espiritual, nos entregó a María como nuestra Madre. Entregando a la Virgen María a Juan, Jesús la entrega a todos nosotros: “He aquí a tu madre” (Jn 19,27). Ella es nuestra Madre espiritual y debemos consagrar a ella toda nuestra vida. Ella nos ayudará a tomar nuestra cruz, a asumir los sufrimientos con alegría, por amor a Jesús y a su Evangelio. Ella será nuestro auxilio para llegar al Reino definitivo de su Hijo Jesucristo.

Natalino Ueda
Formado en Filosofía y Teología

Deja un comentario