Matrimonio, camino de santificación

Ser santo es un proceso, y la persona casada experimenta de forma muy real esta santificación en su vida

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Foto: Standret by Getty Images

 

Cuando se habla en santificación, tenemos que reflexionar sobre esto mientras el proceso que tenemos que pasar la vida toda para lograrlo. Ser santo es un proceso: el más hermoso, doloroso, proceso de santificación. Y eso ocurre en nuestra vida, en el cotidiano de nuestra existencia.

La persona casada experimenta, de forma muy real, ese proceso en su vida, porque el matrimonio es un camino correcto para lograr la santidad. Comienza por los primeros años de casado con la adaptación a la otra persona: los conceptos de ella, la forma de vivir y comportarse que pasa de un vivir individual para vivir a dos; sus defectos e imperfecciones, que se confrontan con los nuestros; la salida de la casa de los padres. Todos los conflictos resultantes de esta adaptación son sufrimientos que llevan a la santificación.

A través de los años, comienzan otros procesos, porque la persona cambia de costumbre y adquiere otras manía y formas de pensar. Algunas de ellas se cierra en si mismo, convirtiendo egoísta y individualista; otras se abren más y olvidan que están casadas. Nacen los hijos y las dificultades continúan a crecer: preocupaciones, enfermedades, noches sin dormir, pierden, muchas veces, el centro del matrimonio, quedando el hijo como barrera para el encuentro amoroso. Todo eso es materia prima para la santificación de los cónyuges. EL problema es cuando la persona desiste de ser santa y quiere tirar su mayor oportunidad de santificación: quien Dios puso a su lado.

Veo que los matrimonios de hoy necesitan madurar en esta realidad: la santificación personal de cada persona: el esposo, la esposa y los hijos. Pero esto no es disculpa para que continúen ocurriendo peleas, las discusiones enormes, las agresiones físicas y morales. Necesitamos sí, investir en la propria concepción de persona: querer ser mejor para vivir mejor con el otro, aprender a perdonar y recibir perdón, y acoger las dificultades como formas de santificación que la Divina Providencia nos da.

¡Dios te bendiga!

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