¿Me conviene estar en pareja por miedo a quedarme solo?

Mucha gente está en pareja por miedo a estar sola. Algunos lo hacen, porque simplemente no logran pasar tiempo sin una compañía amorosa, viven una dependencia afectiva. Otros se lanzan a la primera oportunidad de una relación debido a la presión cultural – familia o amigos que, constantemente, reclaman -, la cual los obliga, prácticamente, a estar de novios.

También están aquellos que, cuando pasan por un largo período sin ningún affair, van dejándose invadir por el temor de convertirse en “solteros para siempre”.

No podemos dejar de citar a los que, conforme van cumpliendo años, piensan: “¡Es ahora o nunca! Si no, voy a quedarme atrás” o “Me estoy volviendo viejo” (este último ejemplo, muchas veces, es dicho por personas jóvenes y no podemos creer que ya estén pensando de ese modo).

Foto: Daniel Mafra/cancionnueva.com.es

¿Estar solo es un problema?

Existen varias investigaciones que abordan el tema: “Estar en pareja por miedo a estar solo”. Entre las causas y consecuencias de ese temor, podemos citar el miedo a estar solo, que hace que la personas se vuelva menos exigente, volviéndose cada vez menos criteriosa para entrar en una relación, o sea, se desmerece a si misma ante el otro para tener compensación afectiva.

Podemos también mencionar al individuo que engancha un noviazgo tras otro para no tener que confrontarse consigo mismo y depararse con sus fragilidades.

Lo interesante es que, en todos los ejemplos citados, notamos que la persona busca llenar una laguna en su corazón o una deficiencia en la percepción que tiene de sí misma y ante los otros. En resumen, son personas que no están bien; entonces, comienzan una relación para suplir algo básico que les falta: aceptación y amor propio.

Es como pedir un favor a alguien que está hambriento y prometerle comida en compensación. Para esa persona, eso no llega a ser una libre elección, sino una prioridad. Eso no tiene nada que ver con la libertad interior.

Vocación

Todos tenemos una vocación, una fuerza interior que desea amor, compañía y afecto de alguien especial para compartir la vida.

“La vocación de amar a una única persona de forma esponsal también está escrita en nuestra naturaleza humana desde la creación. “No es bueno que el hombre esté solo. Le voy a dar una compañera que le corresponda” (Gn 2,18). O sea, tenemos sí, una carencia de encontrar a la persona que nos va a completar. Sin embargo, en eso debe haber un equilibrio: debemos vivir la espera en la calma y en la esperanza, considerando y estimando el don precioso de querer amar y ser amado que existe en nosotros” (Libro “Las cinco fases del noviazgo”).

En el noviazgo solo será feliz quien logre, antes, estar bien consigo mismo, tener una justa medida de sí; en otras palabras, poseerse, o sea, amarse a sí mismo, pues nadie puede dar amor si no lo tiene en su interior.

Entretanto, estar bien consigo mismo, priorizarse, considerar y estimar el don precioso que uno porta antes de comenzar una nueva relación solo será posible si la persona tiene un encuentro con el amor de Dios. Pues ése es el verdadero, infinito y único amor que nunca nos decepcionará.

Amores de mentiritas

Ahora puedes estar pensando: “¡Dios mío! ¡De repente, este texto se volvió muy desencarnado, demasiado espiritual!”. Pero antes de que decidas salir de este post, lee lo siguiente:

Días atrás, escuché de una chica que no aguantaba más esa historia de “primero encontrarse con Dios”. Ella le dio un tiempo de su vida al Señor, hizo todo lo que sabía que Él quería, incluso estaba viviendo la castidad. Sin embargo, ya hacía más de un año que ella no “besaba en la boca”. Entonces, ¿dónde estaba su prometido? Entonces ella decidió renunciar a una vida en Dios, porque ya no tenía ni las migajas de afecto de los muchachos. Su vida promiscua, de alguna forma, la saciaba aunque sea momentáneamente.

Le respondí que, muchas veces, hacemos eso: vivimos según los mandamientos de Dios, porque creemos que Él nos atenderá. Así, juntamos a la lista de aquella condiciones sufribles que cité al inicio – dependencia afectiva, presión cultural, mucho tiempo sin estar en pareja o los años que pasan – el “regatear” con el Altísimo, en una tentativa más de llenar nuestro vacía interior. Dios termina siendo una “muleta” en la que apoyamos nuestro corazón decepcionado con los amores terrenos.

Le dije también que no debería entregarse, otra vez, a aquellos “amores de mentiritas”, porque eso sería desistir de sí misma, entregando sus perlas a los puercos; y que un encuentro personal con el amor de Dios no tiene nada que ver con lo que estaba haciendo, cuando vivía los designios del Señor por una obligatoriedad impuesta por ella misma. No era una entrega de corazón, de quien obedece porque ama; y era este último ejemplo lo que Jesús quería verdaderamente de ella.

¡Dios quiere tu corazón!

La muchacha me preguntó: “¿Cómo es ese amor? ¿Si no es haciendo lo que Él manda, cómo voy a encontrar el amor de alguien que está en el Cielo? Respondí que, así como a ella le gustaría ser encontrada por el amor de un hombre, que así debía comenzar a desear ser encontrada por el amor de Jesús. Que le comenzara a pedir sentirse amada, pero tan amada por Él, al punto de enamorarse también de Jesucristo. “Así como un día tuviste un sentimiento apasionado por un hombre, pídele al Espíritu Santo que te conceda el don de enamorarte por Nuestro Señor”.

Eso no tiene nada de desencarnado, de “espiritualoide”, porque es real y totalmente accesible para nosotros seres humanos.

Esto fue lo que ella argumentó: “No logro desear eso, de enamorarme de alguien con el que no voy a tener contacto físico, ser encontrada por un amor que no me dará familia ni hijos, con el que nunca tendré el placer y las sensaciones de la carne. Para mí, todo esto me da la impresión de que me debo contentar con un amor espiritual”.

Le respondí: “¡A eso quería llegar! Nosotros, muchas veces, solo logramos interpretar el amor como el fuego de una pasión, pero los amores que perduran lo hacen más por la solicitud, la entrega y el sacrificio recíproco de los amados, por el diálogo y la profunda amistad, que por la pasión y fuerte atracción. Y Jesús te puede tener todo eso contigo”. Primeramente, es el amor de Dios el que te encontrará. No será consecuencia de nada de lo que ella haga o deje de hacer en su vida. Es decidirse, querer y comenzar a pedir, aunque no siente un deseo de Dios en su corazón, Él la encontrará y, ante ese amor, cambiará su corazón y la visión que tiene de sí misma. A pesar de ser un amor divino, es más vibrante que el amor humano. Entonces, se convenció.

Según me dijo después, ella pide, todos los días, en su oración, que el amor de Dios la encuentre y le dé una visión apropiada de sí misma.

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¡Sé conquistado por el Amor!

Narré esa conversación con la debida autorización de la otra parte, porque creo que los cuestionamientos de esa muchacha son los de mucha gente en esa misma situación.

Puede que tu no sientas un desea de Dios en tu corazón, pero basta que decidas cambiar la situación en la que te encuentras hoy, principalmente si, al mirar tus relaciones, no te sientes colmado o has cosechado muchas decepciones. Jesús está interesadísimo en conquistarlo. Sé conquistado por el Amor.

No tengas miedo de vivir un tiempo solo. Recuerda que, en verdad, no estás solo. No tengas miedo de enamorarte de Aquel que es el Amor encarnado; pide un encuentro persona con el Señor. Él te encontrará para amarte, amándote te dará el verdadero valor que tienes y merece. De ahí sí, estarás listo para vivir un amor humano.

¡Dios te bendiga!

Sandro Arquejada
Misionero de la Comunidad Canción Nuevo, está formado en Administración de Empresas por la Facultad Salesiana de Lins (SP). Trabaja actualmente en la Editora Canción Nueva. Autor de libros por la Editora Canción Nueva, ya publicó tres obras: “María, humana como nosotros”; “Las cinco fases del noviazgo”; y “El Rosario de los hombres y la gran misión masculina”.

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