Nuestra Señora, consuelo para nuestro llanto

La Virgen María, como nos asegura tan bien Santo Efrém de la Siria en sus himnos, es el “Cielo Místico de Dios”. Y este Cielo Místico, que es María, fue agraciada de forma tan especial por Dios con la virtud de la esperanza. No es por acaso que llamamos de “Esperanza de los desesperados” o, en la letanía Lauretanam, de “Consoladora de los Afligido”, aquella que consuela, que da fuerza y nos robustecer. Sin duda, la Iglesia mira e invoca Nuestra Señora como esperanza y consuelo, porque Aquella que creo espero por encima de todo.

Al mirar para la vida de la Virgen de Nazaret, percibimos el cuanto ella tuvo una esperanza segura, una esperanza que la hacia creer aún lejos de las mas difíciles contrariedades de la vida. En la anunciación del Ángel, saludan a ella con un término griego de “Kekaritomene” es decir, llena, la repleta de la gracia y de la presencia de Dio. Por ser llena de la gracia de Dios, María también es llena de esperanza, porque la esperanza, aquí, no es un sentimiento o algo cualquier, pero es una virtud infusa por el propio Dios.

María es testimonio para nosotros de esperanza, de alguien que confio, por encima de todo, en la Palabra de Dios, y por eso espero, no se dejo desanimar, supo esperar a cada día, una esperanza basada en la fe y en el abandono total al plano de Dios. Delante de la Cruz, la Virgen María supo esperar – espero delante del dolor, espero por encima de todo, en la seguridad de que el amor vence, y que él vencería también la muerte. Cuando todo allí parecia haber acabado, Ella, como Madre de la esperanza, tiene tu Hijo en los brazos, guarda en su regazo Aquel que había pasado por la terra haciendo el bien.

Foto: Wesley Almeida/cancionnueva.com.es

¿Dónde tu has buscado consuelo?

En esta imagen de María dolorosa, contemplamos la Iglesia, contemplamos en ella lo que la Iglesia es llamada a ser, fiel y con esperanza delante de todos los acontecimientos. María es para la Iglesia visión escatológico. Mientras en el corazón de muchos que seguían Cristo todo había acabado, en el corazón de la Madre ardía de esperanza del día de la victoria, del día de la Pascua, de la victoria de la vida sobre la muerte. María, con su Hijo en el regazo, es como la tierra que recibe la semilla, y la semilla para germinar necesita caer en la tierra y morir, y, a partir de entonces, del seno de la tierra, la vida viene. Ella, como Madre de la nueva creación, recibe su Hijo y guarda a Él, recibe la semilla que murió unicamente por amor, y ella, en su oferta, espera el día siguiente de Dios.

¿Mirando para el ejemplo de María, nosotros sabemos esperar o queremos todo para ayer, todo a las prisas? Ella supo, delante del dolor y de la muerte, esperar. Quien espera contempla la resurrección. Muchas veces, delante de muchas cosas que nos ocurren, el secreto que Nuestra Señora nos enseña es silencia y esperar. La Madre creía, porque ella sabía en quien había depositado su confianza.

Es facil esperar cuando todo esta maravilloso, el desafió es esperar cuando la cruz pesa y el dolor se hace presente; entonces, es a partir de entonces que conocemos quien tiene esperanza. Al depositar el hijo en el sepulcro, la Madre cree que Él vive y que vencerá la muerte, Ella vuelve para casa con el corazón dilacerado, pero, al mismo tiempo, en la esperanza que no engaña, y esta esperanza hacia María estar de pie.

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Estaba ella de pie… ¿Por que?

Porque creía, porque tenía fe, porque esperaba delante de la cruz. Solo quien consigue ver ademas del dolor consigue permanecer fiel. En el Salve Regina, la llama de “Esperanza nuestra”, o es decir, nuestra ayuda en todos los momentos, principalmente en aquellos días en que parece haber perdido el suelo, buscamos un lugar seguro, pero no encontramos donde asegurarnos. Cuando el mundo oscurece y el corazón llora, es esta hora que debemos pedir Aquella que supo esperar que sea nuestra Esperanza y Nuestra Ayuda. Que Ella nos enseñe a esperar el amanecer de días mejores, y con ella esperamos, porque nosotros, en nuestra falta de fe, no sabemos esperar, desesperamos fácilmente. Por eso, pedimos a Ella, mí Madre, enseñame a esperar.

Hoy, estoy tan desanimado, me falta esperanza, no consigo ver más nada. Estoy ofuscado por el dolor. Madre de la Esperanza, Madre de cristo, esperanza de nosotros pobres desesperados, sed nuestra madre y nuestro consuelo. Consuela tus hijos que, muchas veces, sucumben por el pedo del dolor. La Virgen María es, por encima de todo, Madre, es también la “Aurora de la mañana”. Como nos enseña San Juan Bosco, “Quien confía en María, nunca quedara desengañado”.

Modelo de esperanza

Debemos recurrir Aquella que supo esperar y que, hoy, es modelo sin igual de esperanza, porque engendro, en su seno, la propia esperanza, Jesucristo. ¡La Esperanza es una persona, Cristo es nuestra Esperanza, y por Ella ser Madre de Él, la llamamos de Esperanza nuestra!

Las palabras del abad de Claraval (San Bernardo) resuena de forma actual y viva en nuestro medio, hoy, cuando en sus sermones sobre la Virgen madre nos dijo: “En los peligros, en las angustias, en las tristezas, en todos los momentos de duda, piensa en María, invoca María. Que este nombre sagrado no se aparte de tu corazón y no falte jamás en tus labios”. Que esta grande verdad sea nuestra oración diaria.

Que la Esperanza viva que ardía en el Corazón de la Santa Madre de Dios pueda arder también en nuestro Corazón y nos haga creer en Dios por encima de todo, esperando y permaneciendo hasta el fin.

José Dimas
Seminarista y candidato a las Ordenes Sacras de la Comunidad Canción Nueva. Natural de Gravatá-PE (Brasil) y graduado del curso de Filosofía (licenciatura) por la Facultad Canción Nueva, en Cachoeira Paulista – SP (Brasil). Actúa en la liturgia durante los eventos es productor de contenido para este canal formativo.

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