Oración, fuerza en medio de la tribulación

Los barcos en la época de Jesús eran conducidos por el viento o por el remo,Oración pues no tenían motor. La parte de adelante, llamada proa, cortaba las aguas a ambos lados y recibía los golpes de las fuertes ondas. Pero era en la parte de atrás, en la popa del barco, que se localizaba el timón, una importante estructura de madera usada por el navegador más experimentado (el timonero) para dirigir toda la embarcación. Esa estructura define hacia qué dirección la embarcación sería trasladad sobre el agua. Por eso la enorme importancia del timonero, principalmente en los momentos de tempestades. Él no podía dejar su puesto en ninguna circunstancia, pues, en medio de la agitación del temporal, el único que podría influir en la dirección de la embarcación era el Gran Timonero: Jesucristo.

Al calmar la tempestad, Él se dirige hacia sus discípulos y, allí mismo, les proporcionó una formación. Les hizo una pregunta: “¿Por qué tiene miedo?”

El miedo nace, automáticamente, en el corazón de quien se ve solo, desamparado y se siente “huérfano del Padre del Cielo”. Aquellos estaban desesperados, porque no habían encontrado a Jesús en la parte posterior del barco. Ellos sabían “teóricamente” sobre la presencia de Jesús, pero, de hecho necesitaban hacer una experiencia de la presencia activa de Jesús y de su Señorío en sus vidas. Es incomprensible, que, todavía hoy, muchos cristianos vivan su fe apenas en la teoría, sin tener un encuentro personal con Jesús, lo cual puede sostenerlos en el tiempo de la tribulación.

Para los cristianos, el paso por la tribulación es una oportunidad de vivenciar una conversión personal a partir de un desvaciamiento de sí mismo (proceso kenótico), para estar llenos de Dios. Aprender a lidiar con las tribulaciones y sufrimientos es una credencial necesaria para el seguimiento de Cristo. Él dice: “Si alguien quiere seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Lc 9,23). Se trata de una exigencia del Señor para los que quieren seguirlo; y Él no abre excepción para nadie. “Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27) Jesús no hizo una propaganda engañosa de un “Cristianismo light o flojo”, sino que dejó claro que deberíamos tomar la cruz de cada día. Aquella que, tantas veces, es motivo de reclamos, pero que Él mismo avisó que existiría. Entendamos: las enseñanzas de Jesús son válidas hasta hoy para nosotros. Él no engañó a nadie respecto a las exigencias necesarias para ser un discípulo, un verdadero cristiano.

Conocedores de todas las dificultades del tiempo de probación, debemos empeñarnos en el fortalecimiento de nuestra fe, que en nada se asemeja a una vida sin luchas y sufrimientos, sino solidificada, que puede darnos el soporte necesario para el enfrentamiento del tiempo de tribulación. Nuestra fe debe afirmarse, crecer y madurar a medida que enfrentemos los sufrimientos y las adversidades.

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Traducción: Exequiel Alvarez (@ExequielAlvarez)

Fragmento del libro “Fuertes en la Tribulación” del Padre Fabricio Andrade
(Sacerdote de la Comunidad Canción Nueva)

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