Perdonar sin miedo de amar

Perdonar no siempre es fácil, principalmente cuando la causa de la ofensa abrió profundas heridas en el corazón

Muchos caminan por la vida con heridas abiertas hace décadas, buscan una cura para cicatrizar, pero cuando piensan que ya cicatrizó, la herida se abre nuevamente y causa dolores más grandes que en el pasado.

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Foto: Daniel Mafra/cancaonova.com

Jesús nos dijo que debemos perdonar a nuestro hermano setenta veces siete, o sea, el perdón no tiene límites para ser concedido. Sin embargo, nuestra realidad humana, frágil y pecadora insiste en dejar que la ofensa sea mayor que el perdón. Todo eso se debe a la profunda herida causada en nuestra alma. Sería muy bueno si consiguiéramos perdonas siempre y de corazón.

El perdón es un proceso que necesita de nuestra ayuda para que pueda ser otorgado de forma plena. Las causas de las heridas pueden ser varias y ocurrir en las más diversas situaciones, desde una palabra mal interpretada hasta una carencia profunda y sin conciencia. Muchos son los motivos para que las heridas abiertas demoren mucho tiempo en cicatrizar.

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Cuanto más removamos en nuestro corazón la ofensa sufrida, mayor será la dificultad de perdonar. El dolor que alimentamos en nuestro corazón no es beneficioso para nuestro proceso de sanación interior. Al contrario, el dolor que es alimentado constantemente por el sentimiento de enojo aumenta los dolores emocionales y dificulta el proceso de cicatrización de la herida abierta.

El deseo de venganza es bastante común en quien sufrió una traición. El primer sentimiento que surge en el corazón de quien pasa por ese proceso es: “Le voy a hacer lo mismo que me hizo”. Ese sentimiento es siempre perjudicial, porque nunca podremos resolver un problema usando las mismas armas que hirieron nuestra alma. Guerra de sentimientos produce destrucción en masa del amor. La solución para los conflictos no se busca en la venganza, sino en el diálogo sincero, maduro y humano.

Tampoco sirve contar a todo el mundo y difundir a los cuatro vientos el enojo que sentimos, si nunca tenemos el coraje de dialogar con quien nos ofendió. Las palabras de enojo, cuando son compartidas con todos, pueden disminuir la reconciliación. Son muchas las situaciones en que el ser humano necesita una platea que aplauda sus críticas para reforzar la idea de que el agresor no merece perdón.

En el tumulto de emociones, toda búsqueda de reconciliación y de paz será fructífera. Es necesario cultivar la paciencia de la espera. Emociones a flor de piel nunca nos van a ayudar en la búsqueda de la paz. El tiempo es un precioso aliado para quien desea hacer del perdón un punto de partida para un nuevo recomienzo. Espera hasta que las ondas de la furia puedan dar lugar a la serenidad de las aguas de un lago.

Nunca dejes de orar por la situación que enfrentas. La oración es el alimento de alma y la paz que calma nuestros sentimientos. Busca en la oración el primer paso para sanar tus heridas. Coloca todo lo que sientes en las manos de Dios y deja que Él transforme lo negativo de tus emociones en flores de perdón.

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Padre Flávio Sobreiro
Bachiller en Filosofía. Teólogo por la Facultad Católica de Pouso Alegre- MT. Vicario Parroquial de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen (Cammbuí-MG).

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