¿Por qué tantos suicidios?

Hoy es alarmante el aumento del número de personas que recurren al llamado “suicido asistido”.

El 01/11/2014, en Estados Unidos, Brittany Maynard, una joven americana de 29 años, con cáncer en el cerebro, decidió tomar una pastilal para suicidarse con la autorización del Estado.

Lamentablemente, la sociedad “eficiente” de hoy tiende a marginalizar a los hermanos vulnerables, especialmente a las personas de edad avanzada, como si fueran un “peso” o un “problema para la sociedad”. Muchas de ellas son inducidas a practicar el suicidio.

Por qué no debo cometer suicidio 1

La fuente “Forum Libertas” informa que “el turismo de suicidio se duplicó en Suiza en 4 años (2008-2012): “un total de 611 residentes de 31 países recibieron ayuda para morir en Suiza en esos años. Fueron 268 alemanes, 126 británicos, 66 franceses, 21 americanos, 14 austríacos, 12 canadienses, 8 españoles, varios israelitas y algunas personas de otras nacionalidades”.

El suicidio es casa común de muerte entre jóvenes de acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Salud Mental norteamericano. En Suiza, una decisión de la Corte Suprema abrió el camino para la legalizar la asistencia al suicidio hasta de pacientes con enfermedades mentales. El país ya permitió legalmente el suicidio asistido para otros tipos de pacientes con una amplia franja de enfermedades e incapacidades físicas. El Estado ateo y laicista incentiva la muerte de personas “improductivas”.

A partir de esa decisión, el hombre pasa a ocupar el lugar de Dios como señor de la vida y la muerte. Volvemos al pecado de los ángeles rebeldes y de Adán y Eva, que querían “ser como dioses”. Se abren las puertas para la caída libre en el abismo de la “cultura de la muerte”. ¿Será que la muerte puede ser la solución para los problemas de la vida?

La Iglesia siempre enseñó que no somos propietarios de nuestra vida, Dios si, por eso no podemos acabar con nuestra vida. En nuestros tiempos, la vida solo tiene valor mientras que el ser humano es productivo, mientras esta feliz, bonito y saludable. Cuando estamos cercanos a la muerte, la vida pierde su valor para aquellos que no creen en la vida eterna, en la posibilidad de la salvación del alma de la personas, aunque sea en el sufrimientos de los últimos días de vida. Muchos se salvan en el momento de la muerte natural, mediante el arrepentimiento de sus pecados. ¡Cuántos decidieron llamar a un sacerdote para confesarse en los últimos momentos de vida! El suicidio puede impedir la salvación.

La Iglesia defendió y enseñó que la vida humana es sagrada: “La vida humana es sagrada, porque, en su origen, encierra la acción creadora de Dios y permanece para siempre en una relación especial con el Creador, su único fin. Solo Dios es dueño de la vida, desde el principio al fin; nadie, en ninguna circunstancia, puede reivindicar para si el derecho de destruir directamente un ser humano inocente” (Congregación de la Doctrina de la FE, Donum Vitae, 5, 1998).

En la Carta Encíclica Evangelium Vitae, sobre el valor de la vida y la inviolabilidad humana (1995), el Papa Juan Pablo II afirmó que “la vida es un don divino”, de ahí tiene “un carácter sagrado e inviolable el cual refleja la inviolabilidad del Creador”. “El Creador confió la vida del hombre a su solicitud responsable, no para que disponga arbitrariamente de ella, si no para que la guarde con sabiduría y la administre con fidelidad” (Nº 76, 2º párrafo).

Juan Pablo dice que “el hombre vive hoy como si Dios no existiera”. Y el ateísmo, teórico o práctico, continúa implantando en el mundo la “cultura de la muerte”.

La Iglesia enseñó que: “Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.” (CIC 2280)

“El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo” (CIC 2281) El suicidio rompe con la comunión con las personas amadas de la familia. Y, muchas veces, la familia puede quedar desamparada con la muerte de un padre o de una madre.

Cooperar con el suicidio de alguien es también una falta grave. La Iglesia reconoce que las motivaciones para el suicidio pueden ser complejas. No podemos decir que todo aquel que se suicidó esta condenado por Dios. “Disturbios psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (CIC 2282).

“No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida” (CIC 2283)

Lamentablemente filósofos ateos propagan e incluso proponen esa práctica (el suicidio) ante una vida que consideran absurda y sin sentido. “La vida humana por más débil que sea, es un bello don de Dios”, enseñaba el entrañable Papa Juan Pablo II; y de ninguna forma puede ser eliminada por la personas.

Gracias a Cristo, el sufrimiento y la muerto tienen un sentido positivo: “Para mí, la vida es Cristo, y morir una ganancia” (Fil 1,21). “Fiel a esta palabra: si con Él morimos, con Él viviremos” (2Tim 1,11). Nuestro sufrimiento es salvífico: “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo en su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). El cristiano que sufre, y ofrece su sufrimiento a Dios, está salvando al mundo con Cristo.

Nuestro Catecismo enseña que: “La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena”, ya no volveremos a otras vidas terrenas. “Está establecido que los hombre mueran una vez” (Heb 9,27). No hay reencarnación después de la muerte”. (CIC 1013)

.:Tiempo es vida
.:Evangelizamos con nuestra vida

Profesor Felipe Aquino
Miembro de la Comunidad Canción Nueva, reconocido por su trabajo de promover el bien y el desenvolvimiento de la Iglesia Católica como “Caballero de San Gregorio Magno” por el Papa Benedicto XVI

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