El sentimiento de vacío en el corazón sin Dios

Tal vez tú, como yo, en algún momento, cuando te detuviste a pensar en la vida, te hayas deparado con un profundo vacío. Es posible también que, por amar mucho vivir y querer ser feliz, hayas intentado llenar ese abismo del alma con una serie de cosas o con algo en especial. Esas reflexiones existenciales, que la ciencia, la filosofía y tantas formas de conocimiento buscan responder hace años, tiene una respuesta muy concreta en la fe cristiana: el hombre está en busca de la felicidad, porque, en el fondo, “anda buscando a Dios”, y “solo Él puede satisfacerlo” (Catecismo, 2666.1718).

¿Qué justifica ese deseo por Dios? Ese deseo de felicidad “Dios lo colocó en el corazón del hombre, a fin de atraerlo a sí…” (Catecismo, 1718). Somos incompletos, nos falta algo que está en Aquel que nos creó. El problema es que, por no conocer al Señor, generalmente buscamos llenar ese vacío con aquello que no es Él. Como consecuencia de eso entramos en un agujero aún más grande, porque nada nos llenará de verdad.

El corazón, en el contexto bíblico, se refiere a lo que somos. Es lo más íntimo de nosotros, o centro donde reside nuestra alma. Es el lugar de nuestra verdad y desde donde hacemos nuestras elecciones, pero es también ahí el lugar del encuentro con Dios. En él, está el ansia por la vida plena, que el Señor puso para que corriéramos a su encuentro y, finalmente, nos sintiéramos colmados. Incluso los esposos saben que uno no completa al otro, porque no tienen capacidades para eso. Los dos, incompletos, no se colman por sí mismo.

Podemos complementarnos, es decir, una vez llenados por Dios, el otro suma algo más a nuestra vida y nos ayuda a ir al encuentro del Señor, que es todo.

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El vacío aumenta a medida que nos distanciamos de Dios

Veamos el ejemplo del joven rico. Lleno de bienes, pero sintiendo falta de algo que llenara su alma, fue hasta Jesús y le dijo: “Buen Maestro ¿qué haré para alcanzar al vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno. Conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio; no robes; no de falso testimonio; no cometas fraudes; honra a tu padre y madre. Él respondió: “Maestro, todo eso he observado desde pequeño”. Jesús fijó su mirada en él, lo amó y le dijo: “Te falta solo una cosa; ve y vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. Él se entristeció con esas palabras y se fue abatido, porque poseía muchos bienes” (MC 10,17-22).

De acuerdo con la mirada humana, ese muchacho tenía de “todo” para sentirse feliz: cumplía la ley, tenía bienes. Algo, sin embargo, le faltaba y él sabía que Jesús tenía eso, sin embargo no reunió las fuerzas suficientes para percibir que la propuesta del Señor era que cambiara mucho por todo – elección decisiva para todos nosotros. Su libertad no estaba fijada para la verdad de Dios, por eso eligió decir no (Catecismo 1732). Creía que estaba cerca del Señor cumpliendo la ley, pero, en el fondo, Dios no era todo en su corazón.

El problema no está en tener cosas, sino en dejarnos poseer por ellas y colocar en ellas nuestra felicidad. Cuando tal cosa sucede, nos frustramos. Quien busca satisfacer su vida en el dinero o en el placer experimenta que estos bienes no nos sacian.

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¿Cómo llenar el vacío del corazón?

Antes de conocer al Señor, no encontraba sentido en nada de lo que vivía, y pensaba en quitarme la vida, porque, antes los sufrimientos por los que pasaba, no encontraba razón en continuar. Fue exactamente en esa época, en el auge de la adolescencia, que conocí a Dios, en un encuentro de oración para jóvenes. Allí, percibí una vida brotando de lo más profundo de mí. Descubrí que el vacío que traía en mi corazón era la falta de Dios.

No conozco otro medio de aproximarnos a Dios que no sea la oración. Este es lugar del encuentro de nuestro corazón con el corazón de Aquel que nos creó y sabe todos de nosotros. El Señor vino para reinar en el corazón humano y establecer una Alianza, que es mantenida por medio de la oración. Es nuestra respuesta a Dios que nos llama. En la oración, el Señor nos revela su proyecto para nuestra vida y, para cada uno, Él tiene un medio propio para llevar felicidad y vida plena. ¡Rezo para que hagas esta experiencia!

Elane Gomes
Misionera de la Comunidad Canción Nueva desde el año 2000. Profesora de Lengua Portuguesa, conductora de radio y especialista en Comunicación y Cultura. Predica encuentros en Brasil y es formadora de los miembros de la sede de la Comunidad en San Pablo. Es esposa, madre y trabaja también aconsejando a matrimonios.

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