El silencio de Nuestra Señora

Gustaria de saber más de la vida en la tierra de Nuestra Madre del Cielo por los Evangelios, y Dios nos da a conocer el necesario, durante su vida en la tierra, como ahora, veinte siglos después, por medio del Magisterio de la Iglesia, cuando, con la asistencia del Espíritu Santo, desarrollo y presenta los datos revelados. La Virgen no comunica nada a su prima Isabel después de la Anunciación. Además, por revelación divina, esta entra en el misterio de la encarnación. Nuestra Señora no manifestó el ocurrido a José, y un ángel informo a él en sueño sobre la grandeza de su misión, y que Ella sería su esposa.

En el Nacimiento de su Hijo, Maria quedó en silencio, pero los pastores fueron informados por los ángeles. María y José nada dijeron a Simeón y Ana, la profetisa, cuando, como pareja nueva, fueron al Templo a presentar el Niño. Nada comentó a sus parientes y amigos. Se limitó a “guardar estas cosas, conservando en su corazón” (Lc 2, 51). María, maestra de oración, nos enseña a descubrir a Dios, tan cerca de nuestra vida, en el silencio y en la paz de nuestro corazón.

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¿Qué podemos aprender con Nuestra Señora?

El silencio es el clima que convierte posible la profundidad del pensamiento; el hablar disipa el corazón y este pierde preciosidad contenidas en su interior (F. Suárez, ‘La Virgen Nuestra Señora’). El recogimiento de María es semejante al de su descripción. La Virgen también guardó silencio durante los tres años de vida pública de su Hijo. El entusiasmo de las multitudes, los milagros, no cambiaron sus actitudes. Jesús se dirigió a nosotros de muchas formas, pero solo entenderemos su lenguaje en un clima habitual de recogimiento, de privaciones de los sentidos, de oración, de paciente espera.

El silencio interior, el recogimiento que debe tener el cristiano es plenamente compatible con el trabajo, la actividad social y la agitación que muchas veces trae la vida. La misma vida humana, si no está dominada por la correría, por la vanidad o por la sensualidad, hay siempre una dimensión profunda, íntima, un cierto recogimiento que tiene su pleno sentido en Dios. Es ahí donde conocemos la verdad sobre los conocimientos y el valor de las cosas. En un mundo de muchas informaciones externas necesitamos “de la estima por el silencio” (Paulo VI, ‘Alocução em Nazaré’). De la Virgen, Nuestra Señora, aprendemos a estimar cada día más ese silencio del corazón, que no es vacío, pero riqueza interior, y que, en lugar de separarnos de los demás, nos acercamos más a ellos, a sus inquietudes y necesidades.

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Francisco Fernández Carvajal

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