Por: Pbro. Lic. Eugenio Lira Rugarcía
Cuando tratamos a alguien que se nota seguro de si mismo, decimos: “tiene mucha personalidad”. Con esta expresión queremos dar a entender que ese alguien ha logrado una identidad. La identidad se puede definir como el sentido de unidad interior que perdura a través del tiempo y en diversas circunstancias, manteniendo con coherencia un sistema realista de valores.
Esa unidad interior se alcanza cuando aquello que soy está en armonía con aquello que deseo llegar a ser, a pesar de las crisis, de los problemas, y de los sufrimientos de la vida; conservando a lo largo del tiempo una escala objetiva de valores que procuro vivir en mi dimensión personal, en mis relaciones con los demás, y con Dios.
Quien logra esto, vive en paz consigo mismo, y tendrá confianza en su continuidad, a pesar de las situaciones más adversas; quien hace suya una escala precisa de valores, permitiendo que ellos le definan, camina iluminado por una especie de “faro” que le guía, aún en la oscuridad.
• Crisis de identidad
Es lógico que esta unidad no se alcance de la noche a la mañana. La identidad es todo un proceso, gradual y progresivo, que se va construyendo a lo largo de la vida. Por eso, mientras recorremos este camino podemos experimentar algunas crisis. Las crisis son momentos en que, por diversas situaciones, evaluamos lo que estamos siendo y haciendo, para tomar una decisión: seguir por donde se va, o rectificar el rumbo. A veces estas crisis son causadas por falta de autoconocimiento, o por habernos propuesto una meta irreal o equivocada, o cuando nuestra forma de actuar no ha sido coherente con nuestra escala de valores. La crisis de identidad es normal, ya día a día estamos construyendo nuestra personalidad. Pero no debemos tener miedo, ya que las crisis nos ofrecen una oportunidad para renovarnos y mejorar.
• La frustración
Lo que soy y lo que deseo llegar a ser son dos líneas que deben converger. Cuando esto no sucede se experimenta una frustración. La persona frustrada es aquella que siente una división insuperable entre lo que es y lo que quisiera ser, y como resultado, vive en un estado de ansiedad más o menos consciente. Y es tal su malestar, que puede pretender eliminar una de las dos estructuras. ¿Cómo?; o convirtiéndose en un soñador que huye del momento presente ilusionándose de manera irreal en sí mismo; o volviéndose un “realista” que no mira más allá del momento presente, desconfiando de sí mismo, sin esperanzas.
• Dispersión de identidad
Quien se siente frustrado experimenta estados internos contradictorios que no logra armonizar. Y esto porque la persona no tiene claro ni qué es ni qué quiere ser; a mayor incertidumbre sobre la identidad de sí, la persona es más vulnerable, se siente tensa; y como está mal consigo misma, adopta un estilo defensivo en su comportamiento. La incapacidad de reflexionar críticamente sobre el propio comportamiento, la dificultad para comprender en profundidad a los demás, y el uso de mecanismos de defensa, son características de la dispersión de identidad.
• Para ir logrando una identidad
Para ir “edificando” nuestra identidad necesitamos:
1.- Tener claro cómo quiero ser, ( y que esta meta sea alcanzable);
2.- Poseer un sistema de valores realista que me permita alcanzar mi meta (yo ideal);
3.- Vivir de acuerdo a esa escala de valores;
4.- Irse conociendo a uno mismo, reflexionando críticamente sobre el propio comportamiento, reconociendo errores y aciertos, y experimentar culpa de las propias fallas, con el deseo de superarlas;
5.- Desarrollar un estilo de vida que permita establecer relaciones sanas con los demás.
Propongámonos seguir estos pasos para, desde ahora, favorecer nuestro camino hacia la propia identidad.
Fuente: ALMAS









