La Preciosa Sangre de Cristo

02/07/2009

El mes de julio la Iglesia dedica a la preciosísima Sangre de Cristo, derramada por el perdón de nuestros pecados. La Sangre de Cristo representa su Vida humana y divina, de valor infinito, ofrecida a la Justicia divina para el perdón de los pecados de todos los hombres de todos los tiempos y lugares. Quién sea bautizado y cree, como dijo Jesús, será salvo (Mc 16,16) por la Sangre de Cristo.

En cada Santa Misa la Iglesia renueva, presentifíca, actualiza y eterniza este Sacrificio de Cristo por la Redención de la humanidad. Cada cuatro segundos esta oferta divina sube al Cielo en todo el mundo.

El Catecismo de la Iglesia enseña que aunque el más santo de los hombres hubiera muerto en la cruz, sería su sacrificio insuficiente para rescatar a la humanidad de las garras del demonio; era necesario un sacrificio humano, pero de valor infinito. Sólo Dios podría ofrecer este sacrificio; entonces, el Verbo divino, se dignó asumir nuestra naturaleza humana, para ofrecer a Dios un sacrificio de valor infinito. La majestad de Dios es infinita; y fue ofendida por los pecados de los hombres. Luego, sólo un sacrificio de valor infinito podría restablecer la paz entre la humanidad y Dios.

“Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la ira!” (Rom 5,8-9). San Pedro enseña que fuimos rescatados por la Sangre del Cordero de Dios, mediante “la aspersión de su sangre” (1Pe 1, 2). “Sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo.” (1Pe 1, 18-19)

Al despedirse de los obispos de Efeso, con lágrimas, San Pablo pide que cuiden del rebaño de Dios contra los herejes que ya surgían en aquel entonces, porque este rebaño fue “adquirido con su Sangre” (Hech 20,28). Para los judíos la vida estaba en la sangre (ver Lev 11, 17), y por eso ellos no comían la sangre de los animales; en la verdad, la vida está en el alma y no en la sangre; pero para ellos la sangre tenía este significado. Es muy interesante notar que el día de la Pascua, la salida del pueblo judío de Egipto, en aquella noche de la muerte de los primogénitos, Dios, según la comprensión del pueblo, mandó que este pasara la sangre del cordero inmolado en los umbrales de las puertas para que el Ángel exterminador no causara la muerte del primogénito en aquella casa.

Esta sangre del cordero simbolizaba y prefiguraba la Sangre de Cristo, de la Nueva y Eterna Alianza que un día sería celebrada en el Calvario. Por eso es que San Juan Bautista, el Precursor de Jesús, al anunciar a los judíos va a decir: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Es la misión de Cristo, ser el Cordero de Dios inmolado por amor de los hombres. Es esta Sangre de Cristo que nos purifica de todo pecado:“Pero si caminamos en la luz, como el mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado” (1 Jn 1, 7).

“Y de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.” (Ap 1, 5) “Y cantan un cántico nuevo diciendo: eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra” (Ap 5, 9-10). Los mártires derramaron su sangre por Cristo, en la fuerza de su Sangre:“Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte” (Ap 12, 11).

El Apocalipsis aún nos muestra que los santos lavaron sus vestiduras (sus almas) en la Sangre de Cristo: “Esos son los que vienen de la gran de la tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero” (Ap 7, 14). Hoy esa Sangre redentora de Cristo está a nuestra disposición de muchas maneras. En primer lugar por la fe; somos justificados por esa Sangre enseña San Pablo: “Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la ira!” (Rm 5, 8-9).

Él está a nuestra disposición también en el Sacramento de la Confesión; por el ministerio de la Iglesia y de los sacerdotes Cristo nos perdona de los pecados y lava nuestra alma con su preciosa Sangre. Infelizmente muchos católicos aún no entendieron la profundidad de este Sacramento y huyen de él por falta de fe o de humildad. La Sangre de Cristo perdona nuestros pecados en la Confesión y cura nuestras enfermedades espirituales y psicológicas. Esta Sangre está presente en la Eucaristía: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús. En la Comunión podemos ser lavados y embriagados por la Sangre redentora del Cordero sin mancha que vino a quitar el pecado de nuestra alma. Pero es necesario parar para adorarlo en su Cuerpo dado a nosotros. Infelizmente muchos aún comulgan mal, con prisa, sin Acción de Gracias, sin permitir que la Sangre Real y divina lave el alma pecadora y enferma.

Prof. Felipe Aquino

Comentarios