¿Alguien se atrevería a sacar la imagen de Cristo que está en el alto del cerro de Corcovado de Río de Janeiro?
El día 14 de setiembre, en el calendario eclesial, se recuerda la memoria de la cruz de Cristo. La reciente polémica de la presencia de símbolos religiosos en locales públicos, suscitada por un fiscal del Estado de San Pablo, Brasil, abre espacio para abordar esta cuestión, con los enfoques que les corresponden. La cruz sirve como buen ejemplo para alertarnos sobre la importancia del equilibrio a ser observado en esta cuestión.
Como sabemos, la historia registra episodios lamentables, que se dieron a partir mal uso del símbolo de la cruz. Fue indebidamente empleada para justificar una supuesta “guerra santa”, por ocasión de las “cruzadas” emprendidas para conquistar el dominio de los lugares donde Cristo había vivido.
Las consecuencias de esto duran hasta hoy. La cruz todavía es mal vista en el mundo musulmán. Hay episodios históricos que dejan heridas profundas, difíciles de cicatrizar. En ese contexto, debe ser mayor la discreción en el uso de símbolos religiosos, para no encender nuevamente las polémicas o desencadenar reacciones violentas.
Las propias Naciones Unidas dan ejemplo de esta discreción, llegando a cambiar el símbolo de una obra con evidentes intenciones humanitarias, como es las organizaciones de la “Cruz Roja”. En el mundo musulmán, la “Cruz Roja” es sustituida por la media luna identificada como “Creciente Roja”.
Pues bien, de este episodio resulta una doble alerta. Tanto de moderación del uso, como de la tolerancia delante de quien utiliza símbolos religiosos.
Los prejuicios también pueden tener doble procedencia. Pueden provenir del acto de usar, como también del abstenerse de su uso. Son más sutiles cuando se pretende que los demás adopten el mismo criterio que usamos personalmente. Como parece ser el caso del referido fiscal. Él acabó dando un pésimo ejemplo de intolerancia al proponer que se prohíba el uso público de símbolos religiosos. Si se hubiera limitado a no dar importancia a los símbolos, se hubiera quedado dentro de su derecho. Querer que todos tengan la misma actitud, es el inicio de prejuicio, que puede revestirse de prepotencia al invocar la acción del Estado para imponer su punto de vista.
Otro hecho importante para iluminar este asunto y ofrecer criterios adecuados para el uso de símbolos religiosos. Estos se insertan en la vida a través de la historia y, sobre todo, a través del arte. Y se vuelven portadores de sentido y de valores evidentes, independientemente de la procedencia religiosa que puedan tener.
¿Alguien, por ejemplo, se atrevería a sacar la imagen de Cristo que está en el alto del cerro de Corcovado de Río de Janeiro? En el contexto maravilloso de Bahía de Guanabara, Brasil, se volvió componente indispensable para el panorama de la ciudad. Si alguien se intriga al mirar el Corcovado, que mire un poco en su interior e intente sacar los escombros del prejuicio que pueden anidarse en el subconsciente.
También, podemos acotar que escenas religiosas sirven de inspiración para los artistas, que tienen el don de captar el simbolismo y traducirlo en obras de arte de los más diversos géneros. Ante la imagen de la “Pietá”, de Michelangelo o ante el famoso cuadro de Rembrandt, retratando el Hijo Pródigo, quien tiene la palabra es la fuerza del arte, y sería mesquino creer que estas obras, por tener inspiración religiosa, no deban ser expuestas en público.
Muchas ciudades, sobre todo en América, tuvieron su inicio con la cruz como marca de fundación. Preservar estas es respetar la historia y demostrar apertura de espíritu para la sana convivencia humana.
Mons. Luiz Demetrio Valentinni
Obispo de la Diócesis de Jales, Brasil









