Sobre Morir en la Pavada

28/06/2009

Para que, por tu dignidad de hijo de Dios, puedas emprender vuelo y volar alto.

“Una vez un catamarqueño, que andaba repechando la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser de gallina. Además hubiera sido difícil que este animal llegara hasta allá para depositarlo. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.

No sabiéndolo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a la patrona, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados. Viendo que más o menos era del tamaño de los otros, fue y lo colocó también a éste debajo de la pava clueca.
Dio la casualidad que para cuando empezaron a romper los cascarones los pavitos, también lo hizo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito no del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Si señor, de cóndor, como usted oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.

Como no tenía de donde aprender otra cosa, el bichito imitó lo que veía hacer. Piaba como los otros pavitos, y seguía a la pava grande en busca de gusanitos, semillas y desperdicios. Escarbaba la tierra, y a los saltos trataba de arrancar las frutitas maduras del tutiá. Vivía en el gallinero, y le tenía miedo a los cuzcos lanudos que muchas veces venían a disputarle lo que la patrona tiraba en el patio de atrás, después de las comidas. De noche se subía a las ramas del algarrobo por miedo de las comadrejas y otras alimañas. Vivía totalmente en la pavada, haciendo lo que veía hacer a los demás.
A veces se sentía un poco extraño. Sobre todo cuando tenía oportunidad de estar a solas. Pero no era frecuente que lo dejaran solo.

El pavo no aguanta la soledad, ni soporta que otros se dediquen a ella. Es bicho de andar siempre en bandada, sacando pecho para impresionar, abriendo la cola y arrastrando el ala. Cualquier cosa que los impresione, es inmediatamente respondida con una sonora burla. Cosa muy típica de estos pajarones, que a pesar de ser grandes, no vuelan.

Un mediodía de cielo claro y nubes blancas allá en las alturas, nuestro animalito quedó sorprendido al ver unas extrañas aves que planeaban majestuosas, casi sin mover las alas. Sintió como un sacudón en lo profundo de su ser. Algo así como un llamado viejo que quería despertarlo en lo íntimo de sus fibras. Sus ojos acostumbrados a mirar siempre el suelo en busca de comida, no lograban distinguir lo que sucedía en las alturas. Pero su corazón despertó a una nostalgia poderosa. ¿Y él, porqué no volaba así? El corazón le latió apresurado y ansioso.
Pero en ese momento se le acercó una pava preguntándole lo que estaba haciendo. Se rió de el cuando sintió su confidencia. Le dijo que era un romántico, y que se dejara de tonterías. Ellos estaban en otra cosa. Tenía que ser realista y acompañarla a un lugar donde había encontrado mucha frutita madura y todo tipo de gusanos.

Desorientado el pobre animalito se dejó sacar de su embrujo y siguió a su compañera que lo devolvió a la pavada. Retomó su vida normal, siempre atormentado por una profunda insatisfacción interior que lo hacia sentir extraño.
Nunca descubrió su verdadera identidad de cóndor. Y llegado a viejo, un día murió. Sí, lamentablemente murió en la pavada como había vivido.

¡Y pensar que había nacido para las cumbres!”

Que este cuento de Mamerto Menapace, pueda ser un motivo de reflexión para que veas cuan alto puedes volar, por tu digidad de hijo, hija del Rey de reyes, del creador del universo. No eres menos que eso, tienes nada más y nada menos que linaje de la realeza, tienes, por lo tanto, poder para levantarte y volar sobre cualquier situación dolorosa, vergonzosa, de pecado, de tristeza, pues tus alas son los brazos abiertos de Jesús en la cruz, que te han traido salvación y dignidad, alegría y restauración.

No te arrastres, no bajes la cabeza, mira a lo alto, pues de allá provienes, nada es más grande, nada es superior que Aquel que te ha creado.
Ánimo, levántate, echa vuelo, por mucho que hayas andado arrastrando tus alas, por mucho que hayas olvidado sobre cómo volar, sólo pide ayuda a Dios y da un poco de ti, para recomenzar, para volar en libertad, porque “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud.” (Gal 5,1)

¡Emprende vuelo!, muchos esperan que lo hagas y muchos más te seguirán.

Marisa Reyes Franco
Misionera de la Comunidad Canción Nueva

Un comentario para “Sobre Morir en la Pavada”

  1. carola luzardi Dice:
    28/06/2009 às 16:01

    Marisa soy Carola del colegio porfavor mandame tumail te felicito por tu trabajo vamos a usar este maravilloso vuelo en una jornada besos

Comentarios