Vivimos en un contexto social de muchas “éticas” hasta confrontantes. Las excusas para que no se sigan valores inherentes a la naturaleza y a las verdades objetivas son muchas. Compromisos con valores de la dignidad humana, de la familia, del sexo, del respeto a los indefensos, del medio ambiente y del bien común quedan para los que son formados y asumen la altivez de carácter como valores encima de otros intereses.
En el orden afectivo, sentimental y sexual queda a merced de la propaganda y de los deseos empujados por la libido y la sensibilidad. Tales deseos no siempre son canalizados por valores que orientan a la persona a encontrar la felicidad.
En la búsqueda del sentido para la convivencia matrimonial, puede haber una equivocación de la realización humana, cuando el hombre y la mujer no se unen en vistas de una real vocación conyugal. El impulso para el casamiento, basado únicamente en lo sensorial o en el deseo de los dos se gratifiquen en la completariedad afectiva y sexual, frecuentemente puede ser roto con algún desequilibrio de donación del uno al otro.
Habiendo en cambio, en ambos, la conciencia y el pacto de mutua ayuda para conseguir un ideal de vida con el motivo de un sentido de vida mayor, se da una base de fecundidad en la vocación matrimonial. Para esto, es necesario orientación y formación para el valor del casamiento como verdadera vocación. La preparación, por lo tanto, es fundamental.
De lo contrario, viviremos cada vez más la panacea de uniones que no llevan a la realización de las personas que se casan, con consecuencias muchas veces dañinas para los hijos. No es en vano que Jesús habla de la unión para siempre, del casamiento entre hombre y mujer, para la busqueda de la felicidad, que está en un ideal de vida.
Esto no va a quitar a la pareja la donación y el amor del uno al otro. Muchos son los obstáculos para que el amor matrimonial corra en esta perspectiva. La influencia del paganismo, de la mediocridad, la falta de formación e influencia de grandes medios de comunicación materialistas dificultan a la juventud optar en la vida por valores presentados mas arriba.
En la sociedad vemos dos vocaciones de fundamental importancia: la familia y la política. Justamente para las dos hay mucha falta de preparación. Las consecuencias son obvias.
La Palabra de Dios nos ayuda a valorar la vocación matrimonial:
“Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne.” (Ef 5, 25. 28.31)
Mons. José Alberto Moura









