Los tres tipos de oración

Querido internauta, ¿tu sabias que la última parte del Catecismo de la Iglesia Católica trata propiamente del sentido y de la importancia de la oración para la vida de los cristianos? Son exactamente 307 parágrafos que nos ayudan a elevar nuestra alma a Dios y, por consecuencia, a disponer nuestro corazón a humildad. Es justamente la humildad, afirma el catecismo, el fundamento de la oración. No fue por acaso que San Agustín hizo una linda analogía al afirmar que el hombre se convierte “el mendigo de Dios” cuando cultiva en tu interior a disposición necesaria apara recibir gratuitamente el don de la oración.

La oración insistente

En el parágrafo 2613, el Catecismo nos presenta tres lindas parábolas sobre la oración. Todas ellas puede ser encontradas en el Evangelio narrado por San Lucas. La primera de las parábolas (Lc 11, 5-13) ya demuestra por el título tu naturaleza: “el amigo importuno”. Narra la inconveniente visita de alguien que llega a casa de un amigo en medio de la noche. ¿Que visita fuera de momento, no es mismo?!

Foto: Wesley Almeida/cancionnueva.com.es

El amigo recibe en tu casa, pero no tiene en la despensa nada de comer para ofrecerle. Delante de esta situación, un tanto cuanto vergüenza, él va hasta la casa del vecino, que ya esta listo para dormir, y pide un poco de pan para dar de comer a tu amigo visitante. El evangelista concluye la parábola de la siguiente forma: “Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario” (Lc 11, 8).

Aquí la primera lección que la parábola nos da: nuestra oración necesita ser insistente. Oportuna o inoportunamente, necesitamos elevar nuestras suplicas a Dios. Si llamamos en esta puerta, ella nos va ser abierta. Aquel que así reza, dice el Catecismo, recibirá del Cielo todo lo que necesita. Recibirá, especialmente, el Espíritu Santo que contiene todos los dones. Por lo tanto, mismo que esté cansado, no desista de pedir, de rezar, de suplicar a Dios por tus necesidades.

La oración paciente

La segunda forma de oración se encuentra en un contexto semejante a la primera, además, el objetivo esta más vuelto para una calidad que se encuentra cada vez más en falta en los días de hoy, el ejercicio de la paciencia. La parábola (Lc 18, 1-8) narra la imagen de una viuda que va hasta el juez clamar por justicia. Cuenta la parabola que la tal viuda lucho por tu causa “durante mucho tiempo”, no obstante, el juez siempre recusaba escucharla. Pasó tiempo y, de tanto aquella mujer insistir, dijo el Juez: “ya que esta viuda me esta dando hastío, voy hacerle justicia”.

Aquí, por lo tanto, más una calidad de nuestra oración: es necesario rezar siempre, con paciencia, sin esmorecer. Rezar como Santa Mônica, la madre de San Agostinho, que rezó por tu hijo por más de tres décadas sin desanimar. La paciencia y la fidelidad de Mônica fueron recompensadas. Así debe ser también nuestra oración.

La oración humilde

La oración orgullosa no es extendida por Dios. En realidad, ni se trata de oración. ¿Quiere extender lo que es una oración humilde? Mira para la Virgen María: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38).

Lee más:
.:La oración es la verdad que nos liberta
.:Corazón, lugar donde la misericordia y la oración se hacen presentes
.:¿Cómo puedo hacer una oración eficaz y ser vigilante sin cesar?

La tercera parábola que el Catecismo utiliza para presentar esta forma de oración se encuentra en el capitulo dieciocho del Evangelio narrado por Lucas. La pasaje pone en contrapunto la forma de rezar de un fariseo y de un publicano. Ambos suben hasta el tiemplo para rezar. Al entrar en el tiempo, el fariseo permanece de pie y teje en su interior la siguiente oración: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas” (Lc 18, 11 – 12). El publicano, por su vez, no se cree digno de estar en aquel ambiente sagrado, se pone lejos. No tenia osadía para levantar los ojos para el cielo, y, llamando en su pecho exclama: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!” (Lc 18, 13).

El publicano tenía la consciencia de quien él era un pecador. El fariseo, no tenía consciencia que era, un hipócrita. La importancia de aquella forma de rezar del publicano, que la Iglesia toma esta oración como suya y hace en todas las Santas Misas: “¡Kyrie eleison!” – Señor, ten piedad.

Esforcémonos, para que nuestra oración pueda llegar en estas tres características: sea insistente, paciente y humilde.

¡Dios te bendiga!

Gleidson Carvalho
Natural de Valença – RJ (Brasil), pero vivió parte de su vida en Piraúba – MG (Brasil). Hoy, él es misionero de la Comunidad Canção Nova, candidato a las ordenes sacras, licenciado en Filosofía y licenciando en Teología, ambos por la Facultad Canção Nova, Cachoeira Paulista – SP (Brasil). Actúa en el Departamento de Internet de la Canção Nova, en la liturgía del Santuario del Padre de las Misericordias y en los Confesionarios. Presenta, con los demás seminaristas, el “Rosario en Familia” por la Radio Canção Nova AM. (Instagram: @cngleidson)

Deja un comentario