Monseñor Jonas Abib: Mi historia, mi llamado

03/09/2009

El día 3 de setiembre de 1949 estaba partiendo para ingresar en el Seminario Salesiano de Lavrinhas (SP). Estaba completamente decidido, pero no fue fácil dejar mi casa, a mi papá, a mi mamá, a mi hermano y, principalmente, a una de las primeras de mis hermanas, que en la época tenía apenas un año de edad.

Agradezco a Dios por mi “SÍ”, un “sí” de niño. En aquella época tenía apenas 12 años. Era costumbre ir al seminario en esa edad. Por el hecho de haber ido con tan tierna edad es que conseguí hacer todo lo que Dios quiso en mi vida. Hoy, puedo afirmar con seguridad: fue el Señor quien me llamó, quien me eligió tan temprano. Y, gracias a Dios, acepté.

A partir de ese “sí”, que fue más iniciativa de Dios que decisión mía, Dios realizó y está realizando muchas cosas a través de mí. Si no hubiera dado mi “sí”, seguramente, muchas cosas no habrían acontecido en mi vida y en la vida de mucha gente.

Hace falta reconocer las consecuencias de nuestras decisiones. Si no hubiera dado el paso en aquel momento, la Comunidad Canción Nueva no existiría. El Señor realiza grandes obras a partir de un simple “sí” que damos.

Desde el día en que entré en el seminario, mi cama, que mamá arregló en aquella mañana en que salí, se quedó de la misma forma durante todo el año, en la expectativa de que volviera a casa.

Mamá no se opuso a mi entrada en el seminario, pero quería que yo supiera que había un lugar para mí en casa. Varias veces, mis padres me preguntaron si quería volver a casa. Pero tenía la gracia de ir en adelante.

Varios santos decían y Don Bosco repitió:
Cuando un hijo deja su casa para seguir su vocación, Jesús viene y ocupa su lugar. Por el hecho de Jesús ocupar el lugar de ese hijo que dejó la casa, Él mismo se queda en su lugar”. Así sucedió conmigo y con mi familia.

Mi papá era muy bueno, trabajador y extremamente honesto, temía a Dios, pero no era de ir a la Iglesia. Cuando hice mi primera comunión, mi mamá se fue, pero mi padre no. No extrañé, porque, al fin de cuentas, él no se iba a la iglesia… Pero fue él quien me llevó al seminario. Viajamos durante todo el día, salimos a las cinco de la mañana y llegamos sólo a la tarde a Lavrinhas, una pequeña ciudad donde se encontraba el seminario salesiano. Se quedó conmigo el resto del día y hasta la mañana siguiente, día 04 de setiembre, tuvimos la Misa en el seminario y papá participó.

Había un sacerdote, atendiendo confesiones entre una misa y otra. Papá se confesó y en la Celebración Eucarística siguiente, a las 9 horas, mi papá comulgó. A la tarde, tomó el tren y volvió a San Pablo. A partir de aquel día, papá nunca más faltó a la Santa Misa, nunca más dejó de comulgar. A partir de ahí, él encabezaba a la familia para la iglesia. Se volvió participante activo.

En el barrio donde vivíamos, mi papá, como albañil, ayudó a construir la iglesia. Fue un fiel Congregado Mariano. Después fundó la Conferencia Vicentina en nuestro barrio. Desde entonces, se dedicó por completo a los pobres asistidos por la Conferencia.

La dedicación que tenía por los pobres era algo admirable. Realizó un lindo trabajo. Siempre muy fervoroso en las reuniones, le gustaba leer el Evangelio, como hacen los vicentinos, después comentaba con los cofrades. Papá fue durante toda su vida un vicentino convicto y militante.

Todo eso sucedió porque tuve la gracia de dejar mi casa, mi familia. No fue fácil para mí ni para mi familia. Pero soy testigo de que Jesús vino y ocupó mi lugar. Empezó trayendo de vuelta mi papá a la Iglesia.

Un buen tiempo después del fallecimiento de mi papá, mi hermana me reveló un secreto de familia, que yo no conocía y ahora te cuento también.

“Ya era casada y mi mamá me contó lo siguiente: mi hija, estoy seguro que tu papá tiene otra mujer. Ya hace bastante tiempo que ando notando: siempre que se prepara una lluvia, tu papá agarra la bicicleta y sale de casa. Le pregunto a dónde va, qué va a hacer y él no me responde nada. Sale y se queda largas horas sin volver a casa. Sólo después que la lluvia pasa vuelve sin ninguna explicación. Muchas veces, llega hasta mojado de la lluvia. Ya nos peleamos, ya le dije que tiene otra mujer, otra casa, otra familia, pero sólo sonríe y no dice nada. Comienza a observarlo y vas a ver que es verdad”.

Mi hermana no sabía ni qué decir y le respondió que observaría, aunque viviera un poco distante de mi casa.

Ella llegó a ver que era del modo que mamá había contado. Ellas rezaron y entregaron a Dios. Pero la duda quedó… Papá tuvo problema de corazón. Tuvo un primer infarto, aguantó porque era fuerte. Tuvo otro y falleció.

En su misa de séptimo día, la iglesia estaba repleta de los pobres socorridos por los vicentinos. Fue impresionante la cantidad de hombres, con callos en las manos, como mi papá, después de la misa dijeron a mi mamá:

“Que Dios le pague por don Sergio. Fue quien arregló el tejado de mi casa. Hacía la visita vicentina y veía que mi casa tenía goteras. Prometió que me lo arreglaría. Cuando amenazaba la lluvia, llegaba corriendo en bicicleta para socorrernos. Colocaba plástico encima del tejado para que no gotee tanto. Después renovó el techo de mi casa”.

Fueron muchas personas quienes contaron que era mi papá quien había arreglado el tejado de su casa. Mi mamá, llorando mucho, sin que nadie supiera la causa. Era Dios revelándole el motivo de las salidas de mi papá en los días de lluvia. Realmente tenía otra familia: los pobres de la Conferencia Vicentina. Aquel hombre que no iba a la iglesia, hasta mi ida al seminario vivió con perfección aquel pasaje del Evangelio: Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (MT 6,3).

Nosotros llevamos la gracia de la resurrección para nuestras familias cuando hacemos la voluntad de Dios, por más difícil que sea. Fue lo que sucedió conmigo. Por la vocación, tuve que dejar mi casa y Dios transformó toda mi familia. Él fue fiel.

Las vocaciones son diferentes: unos salen para seguir el llamado de Dios, otros se quedan para realizar la misión que Dios le confía. Mi vocación fue salir de casa para enfrentar el seminario y hoy ser padre. Pero, si tu vocación es quedarte en casa como padre o madre de familia hace falta que realices y bien. Debes saber: la resurrección llegará a tu casa y las cosas serán transformadas.

El Señor cumple sus promesas. Agradezco por lo que Dios hizo a partir de mi “sí”. Sé fiel a lo que Dios te pide, con toda seguridad, Él también será fiel.

Mons. Jonás Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva

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