Carnaval: ¿Quién es mi prójimo?

Me gustaría que cada uno se sintiera como un blanco que recibirá el amor de Dios. Todos necesitamos colocarnos en esta condición. Imagina que eres un blanco, colócate en esa condición y detente a pensar ¿De qué estás siendo blanco en este momento?

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Imagina el “bombardeo” de palabras, que vienen de Dios, que estamos recibiendo en este campamento. Dios está mirando a cada uno de nosotros.

Todos ya sintieron la sensación de ser coqueteados. Es muy bueno cuando nos damos cuenta de eso, que es normal en la época de la juventud, cuando estamos buscando a alguien en medio de la multitud y lo miramos. Cuando coqueteamos a alguien lo admiramos y le damos a esa persona toda la importancia que tiene, porque en aquel momento está naciendo algo especial, el amor.

Por eso, cuando dejamos de experimentar esta mirada amorosa de Dios por nosotros, terminamos alejándonos de Él.

El pasaje bíblico, que Dios colocó en mi corazón en esta mañana, fue la historia del buen samaritano, narrada en el libro de San Lucas 10,21 y siguientes. Necesitamos ser este buen samaritano en la vida del otro.

Quién es mi prójimo 1

Estos versículos cuentan que un hombre iba caminando y, de repente, fue asaltado, pero antes de que Jesús narre esta historia, un fariseo queriendo atraparlo en contradicción mientras narraba le preguntó que necesitaba hacer para entrar al Reino de los Cielos. Y Jesús le respondió preguntándole qué decían las Sagradas Escrituras.

La respuesta estaba en la punta de la lengua de aquel fariseo, pero, por querer justificarse y continuar el diálogo, le preguntó a Jesús quién era su prójimo. El Señor Jesús cuenta esta parábola para que se repita en nuestra vida. Así como el fariseo, si le preguntáramos eso a Jesús hoy iríamos a encontrar muchas respuestas, porque en nuestro día a día tenemos muchas personas a nuestro alrededor.

Pregúntale a Jesús quién es tu prójimo. Si el Señor contara esta parábola hoy, usaría otros ejemplos, pero, en aquella época, afirmó que, primero, pasó un juez, después un levita y por último un samaritano y que todos vieron a esa persona que necesitaba ayuda.

El buen samaritano bajó de su caballo, agarró el vino y lo derramó en las heridas de aquel hombre y después pasó aceite sobre ellas. Luego lo cargó y lo llevó a un hospedaje para que fuera cuidado.

Jesús nos pide que seamos como este hombre que vio a su prójimo y decidió ayudarlo. El Señor necesita que seamos portadores de Su Palabra. Dios nos convoca para que salgamos de la condición de desanimados en que nos encontramos para ir hacia Él.

¿Qué crees que entusiasma más a un ejército enemigo? ¿Ver al soldado luchando o agonizando en el suelo? Sin dudas es ver al soldado fuera de combate. Dios necesita que seamos instrumentos de sus acciones y nos llama a ser como este buen samaritano. Nuestro prójimo es la persona a la que nos acercamos. Y ese primer paso lo tenemos que dar nosotros. Precisamos acercarnos a las personas y el Espíritu Santo en este momento ya nos muestra quién es la persona que necesita nuestras palabras. Necesitamos dirigirnos hacia alguien, y por eso esa persona se volvió tu blanco.

Jesús nos mira y al mismo tiempo planta en nosotros la semillita del amor. Recemos juntos esta oración: “Señor, hasta este exacto momento yo no percibía, pero ahora me doy cuenta que soy amado. ¡Cuánto me miras! Pero, Señor Jesús, no puedo ser egoísta, tengo un lugar al que tengo que regresar. Tengo personas que están casi muertas al borde del camino y a las cuales necesito acercarme”.

Dios quiere colocar, realmente, esas personas en nuestro corazón. Nuestra distancia de la persona que sufre puede ser acortada solo por el hecho de mirarlas. Hoy la distancia entre las personas es muy grande, como la que existe entre padres e hijos o maridos y esposas.

Existe un grupo de personas a quienes más amamos. Vamos a hacer una lista de las personas que amamos y a analizar como podemos ayudarlas o escucharlas. Debemos disminuir esta distancia y reconquistar esas personas.

Jesús se pondrá muy feliz con esta decisión, porque Él verá que las personas volverán a sentir su amor, porque seremos este eslabón y los intercesores de esa gente. Invierte, con mucho más empeño, en los valores cristianos y en el diálogo con tus hijos. No sirve ningún esfuerzo en la formación de nuestros hijos si no entendemos que necesitamos acercarnos y decirles siempre: “¡Te amo hijo (a)!

De nada sirve tener grandes amigos si no nos acercamos a ellos. Dios nos ayudará en el momento de este encuentro y usará lo que somos para hablar con esos hermanos. El Señor tiene la gran posibilidad de multiplicar su amor en el ambiente en el que estamos viviendo.

Donde estamos Dios quiere hablar con nosotros. Nuestro prójimo es aquel a quien decidimos acercarnos. Decídete a hablar de Jesús y sal de la condición de “pobre de mí” y lleva el milagro del Señor a alguien. El milagro tiene comienzo, medio y fin. Tu problema ya fue resuelto cuando tomaste esta decisión y ahora vamos a iniciar el proceso de milagro en la vida de alguien.

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Traducción y Adpatación: Thaís Rufino de Azevedo

Dunga – Misionero de la Comunidad Canción Nueva
Predica del Retiro de Carnaval 2015

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