Los suicidios del sabado por la noche

La necesidad de adorar es tan fuerte en el corazón del hombre, que nadie puede resistir por mucho tiempo. Los verdaderos ateos no existen, sólo existen las personas que se equivocan de Dios. No habiendo experimentado el amor del Dios Vivo, del Dios verdadero, lo buscan en otra parte. Cada uno coloca su potencial de adoración en algún lugar. Sino adorar al Dios Vivo, su adoración se volcará hacia un ser humano y mortal, o hacia uma actividad, o hacia alguna cosa inanimada, y esa es la tragedia de una idolatría que lleva, tarde o temprano, a la desesperación.

Todos tenemos sed. Sed de vivir, sed de amar y de ser amados, sed de una felicidad que no tenga fecha de vencimiento. Bebiendo la vida en la fuente siempre abundante del corazón de Dios, seremos dichosos, incluso en los caminos caóticos de la existencia humana. Pero si, para apagar nuestra sed, nos dirigimos a pequeños aljibes de capacidad limitada, nos condenamos al vacío, a corto o largo plazo. Nos sacaremos, nos requebrajaremos, luego moriremos de sed.
Mis amigos psiquiatras han observados un fenómeno frecuente en Francia: la mayoría de los suicidios ocurren en la noche del sábado al domingo. Los servicios de reanimación están equipados para esta plaga moderna, la epidemia del sábado por la noche. Un producto del Occidente materializado a ultranza, un virus que ataca a los más frágiles y vulnerables: a los jóvenes. ! Es por eso que la Santísima Virgen viene a Medjugorje! Su corazón de madre no puede soportar el sufrimiento atroz de estos jóvenes destrozados por el desaliento, que prefieren matarse antes de conformarse con el vacío. La Santísima Virgen tiene la llave para hacerlos salir del callejón en que se encuentran, y ya ha logrado salvar a innumerables jóvenes por su intervención en Medjugorje.

Todavía me parece estar viendo a una pareja que un día se acercó tímidamente a mí, en el aparcamiento de la iglesia:

– Hermana, por favor, ¿ puede rezar por nuestro hijo Marc?
– ¡Si claro!
Ya se marchaban cuando, al ver tanta angustia en sus rostros, me atreví a preguntarles:

– ¿Tiene problemas? ¿Estas enfermo?
Silencio… Después de una larga pausa, el hombre murmuró a su mujer:
– ¡Díselo tú!
– Bueno… pues… hermana, mire, la semana pasada mi marido tenía algo que hacer en el artillo, y…¡encontró a nuestro hijo ahorcado!
El golpe me alcanza de lleno y no puedo pronunciar ni media palabra. ¡Helada! Delante de mí, esos dos corazones despedazados… intento, en vano, contener mis lágrimas. Entonces, ellos continúan:
– Mire, hermana, hemos venido de inmediato después del entierro. No soportábamos quedarnos en casa. Lo queríamos tanto. Se lo habíamos dicho: “Esta chica no te conviene, Marc, ¡ te va dejar como dejó a los otros antes que tú!”. Pero no nos escuchó; se veía que era más fuerte que él. Y cuando las cosas se deterioraron entre ellos, él se hundió en la droga. Y luego…

Hermana, interrumpe el padre, ¿puede decirnos dónde está? ¿ Marc es feliz ahora?  ¿Cómo podemos saberlo?
Estos padres tuvieron que irse sin poder escuchar ni una sola palabra de mi parte. Sin duda, mi corazón había apagado el sonido de mi voz. Pero mas, creo que se sintieron acogidos y comprendidos. Al día siguiente, afortunadamente, los encontré cerca de la iglesia

Del libro: El niño escondido de Medjugorje
Sor Emmanuel Maillard

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