Santos y finados

Independientemente del mérito objetivo de estas dos celebraciones, ellas hacen parte de esta visión de conjunto que la fe cristiana presenta, y que es explicada a lo largo de cada año por las
celebraciones tradicionales que componen el calendario litúrgico de la Iglesia.

La cuestión de fondo, de ambas, es la esperanza en la vida después de la muerte, interrogación que acompaña fatalmente nuestra condición humana de seres mortales, pero capaces de preguntarse por el sentido de su existencia.

A este respecto, todos tienen el derecho de expresar sus convicciones, y de formular también sus proyecciones más allá de los limites de nuestra comprensión humana. Sin abandonar los datos ofrecidos por la fe, es legitimo el esfuerzo de encontrar soporte racional para la esperanza de una vida futura.
Pues en verdad, el hecho de ser capaces de interrogar la eternidad, ya es señal que somos hechos para ella.

Pero es interesante observar que la fe cristiana no se basa en garantías racionales para cultivar su esperanza en la vida eterna. Ella parte de otro principio. Ella pone su esperanza en la manera como Dios se reveló. Así, la  es una deducción, una consecuencia, una derivación de cómo Dios manifestó el misterio de su propia existencia.

En el tiempo de Jesús había dos grupos que oponían frontalmente a respecto de la resurrección. Los fariseos afirmaban convictos que había. Los saduceos desdeñaban esta fe y se decías contrarios a la resurrección. Fue con respecto a ellos que Jesús necesitó tomar una posición, con respecto a los burlones de la vida futura. Jesús encontró fundamento de la resurrección en las palabras dichas por Dios a Moisés: “Yo soy el Dios de Abraham, de Issac y de Jacob” De aquí él quita una sorprendente conclusión, que sirve de fundamento para la fe cristiana: “Dios no es un dios de muertos, sino de vivos.”

Para los cristianos, la vida eterna no es entendida como consecuencia de una supuesta inmortalidad de nuestra alma. Esto puede servir de soporte. Pero no vive ahí la razón de nuestra esperanza, como San Pedro nos aconseja a buscar siempre. Nuestra fe en la resurrección es mucho mas consistente de que un simple raciocinio filosófico.

Si el Antiguo Testamento ofrecía base sólida para la fe en la resurrección, mucho más el Nuevo Testamento, que se construye todo él en torno de la fe en la Resurrección de Jesús.

¡Celebrando santos y finados, rendimos homenaje al Dios de los vivos, pues para él todos viven!

Monseñor Luis Demétrio Valentine

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